Usted, que se amarga en una oficina
con un jefe que lo tiene de la cuarta al pértigo; usted que reniega sobre un
libraco semejante al Sahara, usted que se embrutece día tras día construyendo
columnas de cifras anonadantes y sumas piramidales como para desgastar el
engranaje de una máquina de hacer las cuatro operaciones fundamentales; usted
que está podrido del mostrador; usted que tiene ganas de emprenderla a patadas
con los clientes de su patrón; usted que siente que el hígado se le está
poniendo amarillo a medida que se oxida su juventud entre las cuatro paredes
del comercio rasposo donde revuelve furiosamente los ojos su amo abocado a una
quiebra; usted, hombre de todos los días, ciudadano de jeta avinagrada, soldado
desconocido del “suma y sigue”, héroe ignorado de la cinta de hilera y de la
puntilla valenciana, “poilu” de las cifras, boche de los cálculos, vaya, vaya
una vez al puerto el día que esté abocado al suicidio, a la desesperación o a
una tentativa de homicidio y mire. Nada más… Vaya al puerto. Vaya que me
agradecerá el consejo.
En el puerto se respira. En el
puerto se bebe paisaje. En el puerto se recobran los sueños de la niñez. En el
puerto se purifica el alma. En el puerto se aprende a soñar. A esperar, como
esperan los transatlánticos. Una mañana perdularia por los diques produce sobre
la imaginación los mismos efectos que una inyección de vitaminas. El vigor de
la luz levanta la tapa de los cielos que parecen más altos y perfectos. El
espacio se comba alegremente sobre la arboladura de los mástiles de acero y
enrededor de las finas telarañas de las antenas de radio. Hasta el aire se
diría entra burbujeando a los pulmones como una gaseosa; y se respira más
libremente cual si se terminara de librarse de una opresión maldita. Se
comprende la poesía de los ukeleles y de las guitarras hawaianas y se lamenta
no haber nacido indígena para divagar en cueros y dormir bajo tamarindos,
mientras que los brujos se consultan el ombligo. De hecho, lo ataca a uno la
inmensa voluntad de tirarse a muerto y escuchar cómo crujen los cabrestantes y
las cadenas de los guinches.
¡Y después! Esos nombres de los
barcos más bonitos que una cara de mujer. ¡Y después! Estos transatlánticos
roñosos. Esos hombres fuertes y rubios, que trabajan entre un muro de granito y
un casco sobre un agua de color jabón amarillo, que lame con aceitoso vaivén
los hierros mordidos por los salitres de todos los océanos.
¡Ah! ¡Es maravilloso! La otra mañana
he visto un casco, la proa del “Hardanger” color borra de vino, en tono malva
suave. Tres muchachones azules, con cepillos de pelo largo y dócil como la
melena de una mujer, pintaban de rosa el acero del casco, y éste parecía chupar
ávidamente la pintura como si el hierro estuviera sediento de ese “coldcream”
emoliente que extendía sobre su superficie vastas manchas de rouge claro.
¡Ah, estos trabajadores marítimos!
Livianos y semejantes a un juego.
En el “Montferland” (paquebote
holandés) un hombre entre agua y cielo, junto a la proa embetunada de bleque,
repinta las cifras blancas indicadoras de los pies del calado. Pinta sin prisa,
como si estuviera decorando los frescos de una iglesia, tranquilamente,
posiblemente pensando en las acuáticas tierras distantes, en canales y molinos
y doncellas holandesas con cofia y pesados zuecos de madera.
Más adelante tropiezo con el “Lima”.
Lo envuelve una nube de polvo. Proviene del casco, donde repercuten los
martillos de bolita, dejando el hierro moteado de viruela rojinegra. Enfrente,
en el mismo dique, está el “Nimoda”, un paquebote de bandera inglesa, que
parece destinado a un crucero pirático. Es todo negro, como las naves fantasmas
o los barcos siniestros de las novelas impresionantes. Por la popa tiene un
barril alquitranado suspendido sobre el agua semejante a un colador y es todo
negro de la cala a los puentes. ¡Negro su casco, negro el entarimado de la
cubierta, negros los rollos de soga gorda como el cuerpo de la boa constrictor,
negros los ventiladores, negras las lonas que cubren el paramento que tapa la
boca de las bodegas! Algunas virutas de madera amarillenta, caídas del barco
del carpintero de a bordo ponen en el suelo con unas hachas de mango ondulado,
las motas de una reparación primitiva. Junto a la cocina, un truhán con un tufo
sobre la frente y camiseta color de hígado pela papas con la misma indiferencia
de quien ve llover, mientras que el humo de su pipa se le tuerce al llegar al
filo de la boina blanca aplastada como una torta.
Y dan ganas de subir a bordo y
trabajar de lavaplatos y morirse un poco en todos los puertos del mundo.
Cae del espacio una luz de viaje. Se
piensa en los trópicos erizados de palmeras y en las negras que bailan al son
de un tambor que golpean con las palmas de las manos negros belfudos de cabeza
emplumada.
Se piensa en una hamaca paraguaya.
En los cauchales de la Malasia, en las factorías a las orillas del Hastinapura.
Se piensa en el taparrabo, en una siesta eterna y en una noche iluminada por
cocuyos, grandes como faroles de bicicleta. Se piensa en todo… en todo, menos
en trabajar.
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