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17 de mayo de 2013

EL SENTIDO RELIGIOSO DE LA VIDA


Erdosain encendió la lámpara eléctrica. Haffner, sin cumplimiento, tiró su sombrero en la punta de la cama, recostándose en ella. Una onda de cabello negro, engominado, se arqueaba sobre su frente. Restregándose una mejilla empolvada con la palma de la mano, miró agriamente en redor, y al tiempo que se corría el pantalón sobre la pierna, rezongó:
-No está mal usted aquí.
Erdosain, sentado en la orilla de una silla, junto a la mesa, examinaba encuriosado al Rufián. Este sacó cigarrillos y, sin ofrecerle a Erdosain, barboteó:
-En esta ciudad se aburre todo el mundo. Ayer lo vi al Astrólogo. Me dijo que hacía tiempo que no lo veía a usted.
-Lo vio… dice que…
-No sé… estaba un poco preocupado. Ese hombre va a terminar mal.
-¿Le parece?
-Sí… piensa demasiadas cosas a la vez. Cierto es que es capaz de otro tanto… yo he tratado de interesarme por lo que él planea… en el fondo, le seré sincero, nada me interesa. Me aburro. Me aburro horriblemente. Estoy seco de escolazo, de putas, y de filósofos de café. Aquí no hay absolutamente nada que hacer.
-¿Usted no era profesor de matemáticas?

-Sí… ¿pero qué tiene que ver el profesorado con el aburrimiento? ¿O usted cree que puedo divertirme extrayendo raíces? ¿Usted sabe por qué el cafishio se juega toda la plata que la mujer trabaja? Porque se aburre. Sí, de aburrido. No hay hombre más seco que el fioca. Vive para el juego, como la mujer trabaja para mantenerlo a él. Lo tenemos en la sangre. ¿Usted no leyó la Conquista de la Nueva España, de Bernal Díaz del Castillo? Encontraría cosas curiosas. Tan timberos eran los conquistadores que fabricaban naipes con el cuero de tambores inservibles. Y con esos naipes se jugaban el oro que le arrancaban a las indígenas. Lo traemos en la sangre. Está en el ambiente…
-Es la falta de sentido religioso 
-objetó seriamente Erdosain-. Si los hombres tuvieran un sentido religioso de la vida, no jugarían. Haffner largó una carcajada de buenísima gana.
-Qué rico tipo que es usted. ¡Cómo quiere que un cafishio tenga sentido religioso de la vida! Los españoles de la conquista eran religiosísimos. No entraban en batalla antes de oír una misa. Se encomendaban a Dios y la Virgen. Eso no les impedía jugarse la camisa y quemar vivos a los indígenas.
-Eran fórmulas. El sentido religioso de la vida significa una posición dentro del mundo. Una posición mental y espiritual…
-¿Cómo se consigue?
-No sé.
-¿Y cómo habla entonces usted de lo que no sabe?…
-Porque el problema me preocupa tanto como a usted.
-Y por eso trata de resolverlo con frases.
-No, ahí está, no son frases… yo conjeturo algo. En qué consiste el algo… A momentos me parece que atrapo la solución; en otros momentos se me derrite entre las manos. Por ejemplo, mi problema. Encaremos mi problema… no el suyo. Mi problema consiste en hundirme. En hundirme dentro de un chiquero. ¿Por qué? No sé. Pero me atrae la suciedad. Créalo. Quisiera vivir una existencia sórdida, sucia, hasta decir basta. Me gustaría hacer el novio… no me interrumpa. Hacer el novio en alguna casa católica, llena de muchachas. Casarme con una de ellas, la más despótica; ser un cornudo, y que esa familia asquerosa me obligara a trabajar, largándome a la calle con los indispensables veinte centavos para el tranvía. No me interrumpa. Me gustaría trabajar en una oficina, cuyo jefe fuera el amante de mi mujer. Que todos mis compañeros supieran que yo era un cornudo. El jefe me gritaría y yo lo escucharía. Luego a la noche, vendría de visita a mi casa, y mi mujer y mi suegra, y sus hermanas estarían jugando a la lotería con el jefe, mientras que yo me acostaría temprano, porque a la mañana tendría que ir volando a la oficina.
-Usted está loco.
-Eso ni se duda.
-Es que usted está loco de veras.
-¿Hay locos en broma, acaso?
-Sí; a veces hay locos en broma. Usted es en serio.
-Bueno… Hay en mí una ansiedad de agotar experiencias humillantísimas. ¿Por qué? No sé. Otros, tampoco se duda de esto, rehuyen todo lo que puede humillarlos. Yo siento una angustia especial, casi dulcísima, en imaginarme en esa casa católica, con un delantal atado a la cintura con un piolín, fregando platos, mientras mi mujer en el dormitorio se solaza con mi jefe.
-Es inexplicable… me hace pensar…
-Primero dijo que estaba loco… ahora dice que lo hago pensar…
-Sí, antes dije que usted era un loco… espere un momento. 
Y el Rufián, levantándose, comenzó a caminar por el cuarto, luego se detuvo frente a Erdosain, y aquí ocurrió un episodio curioso.
El Rufián se acercó a Erdosain, lo miró inquisitivamente a los ojos y dijo:
-Mientras usted hablaba, yo pensaba, y me dio frío en la espalda. Se me ocurrió un pensamiento casi descabellado, pero que debe ser verdadero…
-A ver… 
-Usted lleva en su interior un remordimiento…
-¡Eh!, ¡eh!, ¿qué dice?…
-Sí… Usted ha cometido, vaya a saber cuándo… no puedo adivinarlo… un crimen terrible.
-¡Eh!, ¡eh!, ¿qué dice?
-Ese crimen usted no lo ha confesado a nadie… nadie lo conoce…
-Yo no he asesinado a nadie…
-No sé… No es necesario asesinar para cometer un crimen terrible. Cuando yo le digo un crimen terrible, es un crimen que nadie sobre la tierra puede perdonárselo.
-Yo no he cometido ningún crimen…
-No le pido que me cuente nada. Eso es asunto suyo. Pero yo he puesto el dedo en la llaga. Aunque usted diga que no con la boca, usted sabe en su interior que yo tengo razón… Sólo así se explicaría esa “ansia de humillación” que hay en usted. No se ponga pálido…
-No me pongo pálido…
-Y ahora usted… posiblemente esté en la orilla de otro crimen. Me lo dice no sé qué instinto. Usted pertenece a esa clase de gente que necesita acumular deudas sobre deudas para olvidarse de la primera deuda…
-Es notable…
El Rufián, detenido frente a Erdosain, con las manos en los bolsillos de su traje gris, el pecho abombado, porque inclinaba la cabeza hacia Erdosain, insistió, tenazmente fijos los ojos en el otro:
-Le diré otra cosa. Yo, con toda mi cancha de malandrino, me creía a su lado un gigante; ahora me doy cuenta que todos nosotros somos junto a usted unas criaturas. No se ría. Si hay un criminal entre nosotros, un hombre que vaya a saber qué horrores cometió en su vida, es usted, Erdosain. Y usted lo sabe. Sabe que yo no me equivoco. Vaya a saber qué crimen cometió. Debe ser algo sumamente gravísimo para que le remuerda tanto adentro. Ya la primera vez que lo vi a usted, me dije: “qué raro este hombre”. Luego el Astrólogo me contó algo de usted; eso me hizo pensar más. Y cuando usted hablaba ahora me dio un frío en la espalda. Fue el presentimiento, y tuve una impresión nítida: este hombre ha cometido algún crimen terrible. Esa necesidad de humillación de que habla no es nada más que remordimiento, necesidad de hacerse perdonar por la conciencia algún acto espantoso del que no se puede olvidar. De otro modo no se explica.. .
-¿Qué crimen puede haber cometido un tipo que es un idiota como soy yo?
-Usted no es ningún idiota.
-Usted sabe que me dejé abofetear por el primo de…
-Sé todo… Eso no tiene importancia… Por el contrario, confirma mi punto de vista. Usted vive aislado del resto de los hombres. Esa “ansia de humillación” que hay en usted es la siguiente sensación: usted ha comprendido que no tiene derecho a acercarse a nadie, por el horrible crimen que cometió.
-¡Qué notable!… No le basta que sea crimen, sino que además tiene que adjuntarle lo de horrible.. .
-Yo sé que estoy en lo cierto. Usted sabe que si el mundo conociera su delito, quizá lo rechazara horrorizado. Entonces, cuando usted se acerca a alguien, inconscientemente sabe que si ese alguien lo recibe afectuosamente usted lo ha estafado, porque, de conocer su crimen, lo rechazaría espantado.
-¡Pero qué fantástico es usted, Haffner!… ¿Qué crimen puedo haber cometido yo?
-Erdosain, juguemos limpio. Usted hace mucho tiempo… vaya a saber cuántos años… ha cometido un crimen que ha quedado impune. Nadie lo conoce. Ninguno de los que lo conocen a usted sospecha nada. Usted sabe que nadie puede acusarlo… Posiblemente los protagonistas de su crimen han muerto, pero usted no se ha olvidado.
-Se ha vuelto loco, Haffner…
-Erdosain, permítame… Algo conozco a los hombres. Usted desde hoy que está cambiando de color. Tiene la boca reseca, a momentos le tiemblan los labios… Si le molesta la conversación, cambiemos de tema.
-Es que yo no puedo permitir que usted se quede con esa convicción.
-Mire, si usted me dijera que para probarme su inocencia se pegaba un tiro, y efectivamente se matara, yo me diría: “Erdosain hizo una comedia. A pesar de haber muerto, era culpable de un crimen que no pudo confesar… Tan espantoso es”.
-De esa manera no hay discusión posible…
-Naturalmente.
-Ahora también se explicaría su angustia… Esa angustia de la que usted hablaba…
-Perfectamente… Cambiemos de tema.
Quedaron durante algunos minutos silenciosos. 
Erdosain, cruzado de piernas, las manos sobre el pecho, miraba al suelo; luego dijo:
-¿Sabe una cosa, Haffner? A momentos se me ocurre que el sentido religioso de la vida consistiría en adorarse infinitamente a uno mismo, respetarse como algo sagrado…
-¡Ep!… ¡Ep!…
-No entregarse sino a la mujer que se ama, con el mismo exclusivo sentido con que lo hace la mujer al entregarse al hombre.
-¡Hum!…
-Observe usted… Pasa una prostituta que le agrada, y la compra. Ese hecho es, en sí, una simple masturbación compuesta. Bueno, para el hombre que sostiene que yo digo la verdad. Si no, no sentiría ganas de meterme un tiro en la barriga. Usted sabe que ahora no podrá vivir como antes; es inútil. Adentro le ha quedado un gusano y, quiera que no, tendrá que ser perfecto… o reventar…
Haffner entrecerró los ojos, pensando: “Maldito sea el día que he conocido a este imbécil”. 
Se levantó, y mirando fieramente a Erdosain, dijo:
-¡Salud!…
-¿No se lleva la plata?…
Haffner entrecerró los ojos, luego miró su reloj pulsera y, sin tenderle la mano a Erdosain, dijo:
-Me voy… ¡Salud!…
-¿No se lleva la plata que me prestó?
-No, ¿para qué?… A usted le hace más falta. Hasta pronto.
Y salió sin esperar contestación de Erdosain. 

24 de enero de 2013

Aguafuerte con Arlt

El lunes 12 de enero de 1942, Roberto Arlt sale del edificio de Patentes de Invenciones con sentimientos encontrados. Piensa que ese papel que le acaban de dar en el registro y que lleva en la valija puede marcar el fin de las penurias económicas. Número 53075, el del formulario firmado por el comisario Curto, patente de invención de “un nuevo procedimiento industrial para producir una media de mujer cuyo punto no se corre en la malla”. Piensa que la que terminó ayer fue una semana dura, de corridas, de traspiés económicos que lo dejaron sin un cobre en los bolsillos. Ni siquiera pudo fajarse a cachetazos (los caminos del amor son insondables) con Elizabeth Mary Shine, esa morocha de mirada chispeante y mano tan colérica como la suya que hace poco se convirtió en su esposa. Quiere tener un hijo con Elizabeth, y Roberto sabe que ambos deberán dejar de lado esas trifulcas –por nada y por todo– a las que son tan afectos donde cuadre, así sea en plena calle. Mientras camina como un poseído por el centro rumbo a la estación de tren de Constitución estruja la carta que le acaba de escribir a su hija Mirta y que va a poner en el correo: “Elizabeth y yo, como siempre, lágrimas y sonrisas, besos y patadas. Como de costumbre, somos la piedra del escándalo de las honradas pensiones”. Roberto piensa que si tuviera que definirse para una de esas aguafuertes que ya no escribe más para el diario El Mundo, pondría “esgunfiado”. Y con todo el esgunfie sigue caminando, cabeza gacha, mirando las veredas rotas, comiéndose todo el calor del verano porteño (encima, para potenciar el esgunfie, de un lunes con el saco y la corbata infaltables, la camisa pegada a la espalda empapada).
Hace cuentas: 40 pesos para Mirta; 40 también para Carmen Antinucci, su primera esposa; otros 40 para su madre, Catalina Iopztraibizer, triestina de apellido tan endemoniado como el Arlt de su padre; 30 para la pensión de la calle Olazábal de donde están a punto de echarlo por sus escandalosas peleas. No, no hay guita que alcance. Su amigo Pascual Nacaratti, actor del Teatro del Pueblo, ya puso todo lo que podía poner para alquilar el laboratorio químico de Lanús. En la sociedad Arna (Arlt-Nacaratti), Roberto es el encargado de poner las ideas, desgranar fórmulas enloquecidas y enchastrar el techo cuando los tubos estallan por la presión a la que los somete cuando busca la forma de unir caucho y nylon. Piensa en la carta que acaba de enviarle a Mirta mientras sube al tren rumbo al laboratorio: “Te mando aquí un pedazo arrancado de una media tratada con mi procedimiento. Te darás cuenta que sacándole el brillo a la goma, el asunto es perfecto. Tendrán que usar mis medias en invierno. No hay disyuntivas. Esta media durará por lo menos un año. Su transparencia es notable. Querida Mirtita, tené la seguridad que esto pronto estará en marcha comercial”.
Arlt depositaba toda su confianza en un procedimiento para fabricar medias de mujer cuyo punto no se corría. Lo había registrado en 1934, pero no le había interesado a nadie, ni siquiera a él mismo que, por entonces, era el niño mimado del diario con sus aguafuertes y reunía algunos billetes más por las regalías de sus libros. Libros en los cuales parecía anticipar sus sueños de invención: por ejemplo con Silvio Astier patentando un cañón en El juguete rabioso; Erdosain rompiéndose los cuernos para realizar su alquimia de la rosa de cobre o dibujando los planos de una demencial tintorería para perros en Los siete locos.
En 1941, exactamente el 9 de diciembre, volvió a la carga. En tres carillas mecanografió la memoria descriptiva que en cinco etapas trataba de demostrar la certeza de la fabricación de las medias de mujer que no se corren. Tomó el subte en Chacarita para presentar las tres hojas en la Dirección de Patentes y Marcas del Ministerio de Agricultura. Y volvió a la pensión, como siempre, exultante pero sin poder ocultar una tristeza profunda, con las hojas ostentando el sello de recibidas. Esa misma tarde, al igual que todas las tardes, fue hasta el tallercito de Lanús. Allí, rodeado de un autoclave, un barómetro, una pierna de duraluminio, tachos, tubos y probetas, volvió a desoír los consejos de Pablo Mounier –el vendedor de caucho– para que abandonara esa idea. Esa tarde, mientras guardaba las páginas selladas en uno de los tantos cajones del escritorio manchado y quemado por cientos de fallidos, dejó de escuchar la voz de Elizabeth (sus reiterados reclamos matutinos, “claro, como terminás tus notas en veinte minutos, siempre te queda tiempo para tus locuras y vagabundeos”, y sus burlas nocturnas, “¿qué mujer se va a poner eso, si parece piel de pescado?”) y se enfrascó otra vez en su sueño.
Las páginas que guarda no tienen el tono inconfundible de sus narraciones. Roberto se había puesto como meta convencer, todo sic: “Hasta la fecha se ha tratado de evitar que la rotura de un hilo en la malla determine la destrucción de la media, mediante el empleo de productos gomoso-líquidos. Estos procedimientos no dan resultado, pues si las soluciones gomosas son demasiado espesas, alteran el aspecto estético de la media, y si estas soluciones son muy fluidas carecen de consistencia adhesiva para impedir el deslizamiento de un hilo cuando se rompe. El autor de esta solicitud ha resuelto dicho problema”. En contrapartida con sus ficciones, no convence a nadie. Así y todo, vuelve a experimentar, quizá como una manera de seguir la historia de Astier, de Erdosain, de cada uno de sus tantos personajes.
El 12 de enero de 1942, mientras apoya la cabeza contra la pared del vagón y deja que el viento –caliente, pero viento al fin– de Avellaneda y Gerli le pegue en la cara, Arlt cierra los ojos, recuerda y sueña. Sueña con el hijo que quiere tener con Elizabeth (Lito si es varón; Gema, que él pronuncia como Yema, si es mujer). Recuerda sus visitas a la penitenciaría de Las Heras, y sobre todo recuerda aquella en la que vio cómo fusilaban a Severino Di Giovanni. Sueña con todas las cosas que le comprará a su mujer cuando las medias triunfen en el mundo entero. Recuerda su boda en Pando, Uruguay, donde llegaron tomando un whisky tras otro, acodados con Elizabeth en la borda del Vapor de la Carrera. Recuerda al amigo García Quevedo que les salió de testigo, un español rojo como el demonio que dormía envuelto en la bandera tricolor de la República por si lo sorprendía la muerte. Sueña con su próximo viaje a Córdoba, donde están su madre y su hija. Recuerda los múltiples gritos en forma de consigna con los que se saluda con su amigo César Tiempo: “Cuidado con la tristeza”, “ganemos la batalla por prepotencia de trabajo”, “la solemnidad es la dicha de los imbéciles”, “asistimos al crepúsculo de la piedad en el peor de los mundos posibles”. Sueña con todos sus personajes mirando cómo trabaja, incansable, en el tallercito de Lanús. Sueña que lo aplauden ante las ventajas de su gran invento. Recuerda cómo le gusta dejar que se enfríe el desayuno que les trae a Elizabeth y a él la chica de la pensión cada mañana a las 9. Sueña con una frase que se le presenta una y otra vez para arrancar uno de esos artículos que escribe en 20 minutos para tener la tarde libre para vagabundear y darles tiempo a sus locuras: “Evidentemente, los hombres no eligen sus padres ni sus destinos”. Sueña y recuerda, Arlt, hasta que el tren para en la estación Lanús.
Cuando baja, mira de nuevo la patente de invención Nº 53075, y antes de enfilar hacia el tallercito, repite, con una media sonrisa de costado, canchera, pero triste, unas palabras que hace unos años le inventó a Erdosain: “Ideas me sobran. Ustedes van a salir de esta horrible miseria”.




*De Miradas al sur Año 3. Edición número 138. Domingo 09 de enero de 2011

28 de junio de 2012

Un hombre extraño

    A las diez de la mañana Erdosain llegó a Perú y Avenida de Mayo. Sabía que su problema no tenía otra solución que la cárcel, porque Barsut seguramente no le facilitaría el dinero. De pronto se sorprendió.



    En la mesa de un café estaba el farmacéutico Ergueta.
    Con el sombrero hundido hasta las orejas y las manos tocándose por los pulgares sobre el grueso vientre, cabeceaba con una expresión agria, abotagada, en su cara amarilla.
    Lo vidrioso de sus ojos saltones, su gruesa nariz ganchuda, las mejillas fláccidas y el labio inferior casi colgando, le daban la apariencia de un cretino.
    Enfundaba su macizo cuerpazo en un traje de color de canela y, a momentos, inclinado el rostro, apoyaba los dientes en el puño de marfil de su bastón.
    Por ese desgano y la expresión canalla de su aburrimiento tenía el aspecto de un tratante de blancas. Inesperadamente sus ojos se encontraron con los de Erdosain, que iba a su encuentro, y el semblante del farmacéutico se iluminó con una sonrisa pueril. Aún sonreía cuando le estrechaba la mano a Erdosain, que pensó:
    ­ ¡Cuántas lo han querido por esa sonrisa!
    Involuntariamente, la primera pregunta de Erdosain fue:
    ­ Y, ¿te casaste con Hipólita?
    ­ Sí, pero no te imaginás el bochinche que se armó en casa...
    ­ ¿Qué..., supieron que era de la vida?
    ­ No... eso lo dijo ella después. ¿Vos sabés que Hipólita antes de hacer la calle trabajó de sirvienta?...
    ­ ¿Y?
    ­ Poco después que no casamos, fuimos mamá, yo, Hipólita y mi hermanita a lo de una familia. ¿Te das cuenta qué memoria la de esa gente? Después de diez años reconocieron a Hipólita que fue sirvienta de ellos. ¡Algo que no tiene nombre! Yo y ella nos vinimos por un camino y mamá y Juana por otro. Toda la historia que yo inventé para justificar mi casamiento se vino abajo.
    ­ ¿Y por qué confesó que fue prostituta?
    ­ Un momento de rabia. Pero, ¿no tenía razón? ¿No se había regenerado? ¿No me aguantaba a mí, a mí, que les he sacado canas verdes a ellos?
    ­ ¿Y cómo te va?
    ­ Muy bien... La farmacia da sesenta pesos diarios. En Pico no hay otro que conozca la Biblia como yo. Lo desafié al cura a una controversia y no quiso agarrar viaje.
    Erdosain miró repentinamente esperanzado a su extraño amigo. Luego le preguntó:
    ­ ¿Jugás siempre?
    ­ Sí, y Jesús, por mi mucha inocencia, me ha revelado el secreto de la ruleta.
    ­ ¿Qué es eso?
    ­ Vos no sabés... el gran secreto... una ley de sincronismo estático... ya fui dos veces a Montevideo y gané mucho dinero, pero esta noche salimos con Hipólita para hacer saltar la banca.
    Y de pronto lanzó la embrollada explicación:
    ­ Mirá, le jugás hipotéticamente una cantidad a las tres primeras bolas, una a cada docena. Si no salen tres docenas distintas se produce ferozmente el desequilibrio. Marcás, entonces, con un punto la docena salida. Para las tres bolas que siguen quedará igual la docena que marcaste. Claro está que el cero no se cuenta y que jugás a las docenas en series de tres bolas. Aumentás entonces una unidad en la docena que no tiene alguna cruz, disminuís, en una, quiero decir, en dos unidades la docena que tiene tres cruces, y esta sola base te permite deducir la unidad menor que las mayores y se juega la diferencia a la docena o las docenas que resulten.
    Erdosain no había entendido. Contenía su deseo de reír a medida que su esperanza crecía, pues era indudable que Ergueta estaba loco. Por eso replicó:
    ­ Jesús sabe revelar esos secretos a los que tienen el alma llena de santidad.
    ­ Y también a los idiotas ­arguyó Ergueta, clavando en él una mirada burlona, a medida que guiñaba el párpado izquierdo­. Desde que yo me ocupo de esas cosas misteriosas he hecho macanas grandes como casas, por ejemplo, casarme con esa atorranta...
    ­ ¿Y sos feliz con ella?
    ­ ... creer en la bondad de la gente, cuando todo el mundo lo que tira es a hundirlo a uno y hacerle fama de loco...
    Erdosain, impaciente, frunció el ceño; luego:
    ­ ¿Cómo no querés que te tengan por loco? Vos fuiste, según tus propias palabras, un gran pecador. Y de pronto te convertís, te casás con una prostituta porque eso está escrito en la Biblia, le hablás a la gente del cuarto sello y del caballo amarillo... claro... la gente tiene que creer que estás loco, porque esas cosas no las conoce ni por las tapas. ¿A mí no me tienen también por loco porque he dicho que habría que instalar una tintorería para perros y metalizar los puños de las camisas?... Pero yo no creo que estés loco. No, no lo creo. Lo que hay en vos es un exceso de vida, de caridad y de amor al prójimo. Ahora, eso de que Jesús te haya revelado el secreto de la ruleta me parece medio absurdo...
    ­ Cinco mil pesos gané en las dos veces...
    ­ Pongamos que sea cierto. Pero lo que te salva a vos no es el secreto de la ruleta, si no el hecho de tener una hermosa alma. Sos capaz de hacer el bien, de emocionarte ante un hombre que está a las puertas de la cárcel...
    ­ Eso sí que es verdad ­interrumpió Ergueta­. Fijate que hay otro farmacéutico en el pueblo que es un tacaño viejo. El hijo le robó cinco mil pesos... y después vino a pedirme un consejo. ¿Sabés lo que le aconsejé yo? Que lo amenazara al padre con hacerlo meter preso por vender cocaína si lo denunciaba.
    ­ ¿Ves cómo te comprendo yo? Vos querías salvar el alma del viejo haciéndole cometer un pecado al hijo, pecado del que éste se arrepentirá toda la vida. ¿No es así?
    ­ Sí, en la biblia está escrito: "Y el padre se levantará contra el hijo y el hijo contra el padre"...
    ­ ¿Ves? Yo te entiendo a vos. No sé para lo que estás predestinado... El destino de los hombres es siempre incierto. Pero creo que tenés por delante un camino magnífico. ¿Sabés? Un camino raro...
    ­ Seré el Rey del Mundo. ¿Te das cuenta? Ganaré en todas las ruletas el dinero que quiera. Iré a Palestina, a Jerusalén y reedificaré el gran templo de Salomón...
    ­ Y salvarás de angustia a mucha gente buena. ¡Cuántos hay que por necesidad defraudaron a sus patrones, robaron dinero que les estaba confiado! ¿Sabés? La angustia... Un tipo angustiado no sabe lo que hace... Hoy roba un peso, mañana cinco, pasado veinte y cuando se acuerda debe cientos de pesos. Y el hombre piensa. Es poco... y de pronto se encuentra con que han desaparecido quinientos, no, seiscientos pesos con siete centavos. ¿Te das cuenta? Ésa es la gente que hay que salvar..., a los angustiados, a los fraudulentos.
    El farmacéutico meditó un instante. Una expresión grave se disolvió en la superficie de su semblante abotagado; luego, calmosamente, agregó:
    ­ Tenés razón... el mundo está lleno de turros, de infelices... pero ¿cómo remediarlo? Esto es lo que a mí me preocupa. ¿De qué forma presentarle nuevamente las verdades sagradas a esa gente que no tiene fe?
    ­ Pero si la gente lo que necesita es plata... no sagradas verdades.
    ­ No, es que eso pasa por el olvido de las Escrituras. Un hombre que lleva en sí las sagradas verdades no lo roba a su patrón, no defrauda a la compañía en que trabaja, no se coloca en situación de ir a la cárcel del hoy al mañana.
    Luego se rascó pensativamente la nariz y continuó:
    ­ Además, ¿quién no te dice que eso no sea para bien? ¿Quiénes van a hacer la revolución social, si no los estafadores, los desdichados, los asesinos, los fraudulentos, toda la canalla que sufre abajo sin esperanza alguna? ¿O te creés que la revolución la van a hacer los cagatintas y los tenderos?
    ­ De acuerdo, de acuerdo... pero, en tanto llega la revolución social, ¿qué hace ese desdichado? ¿Qué hago yo?
    Y Erdosain, tomándolo del brazo a Ergueta, exclamó:
    ­ Porque yo estoy a un paso de la cárcel, ¿sabés? He robado seiscientos pesos con siete centavos.
    El farmacéutico guiñó lentamente el párpado izquierdo y luego dijo:
    ­ No te aflijás. Los tiempos de tribulación de que hablan las Escrituras han llegado. ¿No me he casado ya con la Coja, con la Ramera? ¿No se ha levantado el hijo contra el padre y el padre contra el hijo? La revolución está más cerca de lo que la desean los hombres. ¿No sos vos el fraudulento y el lobo que diezma el rebaño...?
    ­ Pero, decime, ¿vos no podés prestarme esos seiscientos pesos?
    El otro movió lentamente la cabeza:
    ­ ¿Te pensás que porque leo la Biblia soy un otario?
    Erdosain lo miró desesperado:
    ­ Te juro que los debo.
    De pronto ocurrió algo inesperado.
    El farmacéutico se levantó, extendió el brazo y haciendo chasquear la yema de los dedos, exclamó ante el mozo del café que miraba asombrado la escena:
    ­ Rajá, turrito, rajá.
    Erdosain, rojo de vergüenza, se alejó. Cuando en la esquina volvió la cabeza, vió que Ergueta movía los brazos hablando con el camarero.

30 de mayo de 2012

Alma, mi pobre alma... qué vida la nuestra... qué vida.

Elsa lo deja a Remo Erdosaín y se va con el Capitán aunque promete regresar. Erdosaín cuenta las humillaciones que sufrió de niño. Resumo todo el hermoso díalogo en unas pocas palabras. Más adelante, pondré el diálogo completo.


ELSA: Bueno, me voy, Remo... Era necesario que esto terminara así.
ERDOSAIN: Pero, ¿vos?... ¿vos?
ELSA: ¿Qué querías que hiciese?
ERDOSAIN: No sé.
ELSA: ¿Entonces? Quedate tranquilo. Te dejé la ropa limpia.
ERDOSAIN: Pero vos, Elsa... ¿vos? ¿Y nuestros proyectos?
ELSA: Ilusiones, Remo... esplendores.
ERDOSAIN: Sí, esplendores... ¿Dónde aprendiste esa palabra tan linda?
ELSA: No sé.
ERDOSAIN: ¿Y nuestra vida va a quedar siempre deshecha?

 *Los siete locos