Todo esto es una locura posible, y siempre se vive en una atmósfera de sueño y como de sonambulismo cuando se está en camino de realizar las cosas. Sin embargo, se va hacia ellas con una lentitud tan rápida que todo es sorprendente cuando se ha conseguido.
¿Ha visto usted un tigre en una jaula? [...] En cuanto el destino se descuida, la fiera de un gran salto traspone la muralla, y ya no lo alcanzan mas”.
Mostrando entradas con la etiqueta Los siete locos. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Los siete locos. Mostrar todas las entradas
14 de agosto de 2013
22 de junio de 2013
Los siete locos
Pero lo que te salva a vos no es el secreto de la ruleta, si no el hecho de tener una hermosa alma. |
16 de marzo de 2013
Entre papas e iglesias...
De SENSACIÓN DE LO SUBCONSCIENTE
Mojado y con la cabellera revuelta, se detuvo a un costado de la escalinata el Hombre que vio a la Partera.
¡Ah! es usted –dijo el Astrólogo.
–Sí; quería preguntarle qué es lo que piensa usted de esta interpretación del versículo que dice: «El cielo de Dios». Esto significa claramente que hay otros cielos que no son de Dios...
–¿De quién, entonces?
–Quiero decir que puede ser que haya cielos en los que no esté Dios. Porque el versículo añade: «Y bajará la nueva Jerusalén». ¿La nueva Jerusalén? ¿Será la nueva Iglesia?
El Astrólogo meditó un instante. El asunto no le interesaba, pero sabía que para mantener su prestigio ante el otro tenía que responder, y contestó:
–Nosotros, los iluminados, sabemos en secreto que la nueva Jerusalén es la nueva Iglesia. Por eso dice Swedemborg: «Puesto que el Señor no puede manifestarse en persona, y habiendo anunciado que vendrá y establecerá una Nueva Iglesia, sigue que lo hará por medio de un hombre, que no sólo pueda recibir la doctrina de esta iglesia, sino también publicarla por medio de la prensa...» pero ¿por qué usted independientemente de otra escritura llega a admitir la existencia de varios cielos?
Bromberg, guareciéndose en el pórtico, miró la jadeante oscuridad estremecida por la lluvia, luego contestó:
–Porque los cielos se sienten como el amor.
El Astrólogo miró sorprendido al judío, y éste continuó:
–Es como el amor. ¿Cómo puede usted negar el amor si el amor está en usted y usted siente que los ángeles hacen más fuerte su amor? Lo mismo pasa con los cuatro cielos. Se debe admitir que todas las palabras de la Biblia son de misterio, porque si así no fuera el libro sería absurdo. La otra noche leía entristecido el Apocalipsis. Pensaba que tenía que asesinarlo a Gregorio, y me decía si está permitido verter sangre humana.
–Cuando se estrangula no se vierte sangre –repuso el Astrólogo.
–Y cuando llegué a la parte del «cielo de Dios» comprendí el motivo de la tristeza de los hombres.
El cielo de Dios les había sido negado por la iglesia tenebrosa... y por eso los hombres pecaban tan fuertemente.
En las tinieblas, la voz aniñada de Bromberg sonaba tan tristemente como si se lamentara de que lo hubiesen excluido del verdadero cielo. El Astrólogo arguyó:
–El hombre alado que me habla en sueños me ha dicho que el fin de la iglesia tenebrosa es próximo...
–Así tiene que ser... porque el infierno crece día a día. Son tan pocos los que se salvan, que el cielo junto al infierno es más chico que un grano de arena junto al océano. Año tras año crece el infierno, y la iglesia tenebrosa, que debió salvar al hombre, engorda día por día al infierno, y el infierno triste crece, crece, sin que haya una posibilidad de hacerlo más pequeño. Y los ángeles miran con miedo la iglesia tenebrosa y el infierno rojo inflado como el vientre de un hidrópico.
El Astrólogo repuso, adoptando para hablar un altisonante tono:
–Por eso el hombre alado me ha dicho: «Ve, santo varón, a edificar a los hombres y a anunciar la buena nueva. Y extermina a los anticristos y revélale tus secretos y los secretos de la nueva Jerusalén a Bromberg el judío» –y de pronto el Astrólogo, tomándolo de un brazo a su compañero, le dijo–: ¿No te acuerdas cuando tu espíritu conversaba con los ángeles y les servías el pan blanco a la orilla de los caminos, y les hacías sentar a la puerta de tu cabaña y les lavabas los pies?
–No me acuerdo.
–Pues debías acordarte. ¿Qué dirá el Señor cuando sepa eso? ¿Cómo responderé yo de tu alma ante el Ángel de la Nueva Iglesia? Me dirá: ¿Qué es de ese hijo querido, mi piadoso Alfon? ¿Y yo qué le diré? Que eres un cernícalo. Que te has olvidado de los tiempos en que realizaste una existencia angélica y que te pasas todo el día en un rincón ventoseando como un mulo.
Gravemente enfurruñado, objetó Bromberg:
–Yo no ventoseo.
–Y bien ruidosamente ventoseas... pero no importa... el Ángel de las Iglesias sabe que tu espíritu arde en la devoción sincera, y que eres enemigo del Rey de Babilonia, del tenebroso Papa, y por eso estás elegido para ser el amigo del hombre, que con mandato del Señor establecerá la Nueva Iglesia sobre la tierra.
Sonaba quedamente la lluvia en las hojas de las higueras y toda la oscuridad acre y blanda estremecía en la noche su húmedo hedor vegetal. Bromberg predijo gravemente:
–Y el Papa, el mismo Papa espantado saldrá a la calle descalzo, y todos se apartarán de él con terror y premura y en los caminos los cercos se llenarán de flores cuando pase el santo Cordero.
–Así nomás es –continuó el Astrólogo–. Y en el cielo entreabierto será dado ver a todos los pecadores arrepentidos, las doradas puertas de la nueva Jerusalén. Porque tan inmensa es la caridad de Dios, querido Alfon, que ningún hombre podría entrar directamente en contacto con ella sin caer por tierra con los huesos esponjosos.
–Por eso yo daré a los hombres mi interpretación del Apocalipsis y luego me iré a la montaña a hacer penitencia y a rogar por ellos.
–Así es Alfon, pero ahora vete a dormir porque tengo que meditar y es la hora en que el hombre alado viene a hablarme a la oreja. Tú también tienes que dormir porque mañana, si no, no tendrás fuerza para estrangular al réprobo...
–Y al Rey de Babilonia.
–Así es.
*De Los siete locos.
23 de agosto de 2012
DISCURSO DEL ASTRÓLOGO
El Astrólogo continuó:
–Al principio, ese pensamiento me pareció
una de las tantas estupideces que abundan en sus divagaciones... Sin embargo,
terminé por preguntarme involuntariamente por qué el dinero puede convertir en
dios a un hombre, y de pronto me di cuenta que usted había descubierto una
verdad esencial. ¿Y sabe cómo comprobé que usted tenía razón? Pues pensando que
Henry Ford con su fortuna podía comprar la suficiente cantidad de explosivo
como para hacer saltar en pedazos un planeta como la luna. Su postulado se
justificaba.
Eduardo Iglesias Brickles. Reflexiones bajo los arcos voltaicos, 2011.
–Ciertamente –rezongó Barsut, halagado en
su fuero interno.
–Entonces me di cuenta que toda la
antigüedad clásica, que los escritores de todos los tiempos, salvo usted que
había escrito esta verdad sin saber explotarla, no habían concebido jamás que
hombres como Ford, Rockefeller o Morgan fueran capaces de destruir la luna...
tuvieran ese poder... poder que, como le digo, las mitologías sólo pudieron
atribuir a un dios creador. Y usted, implícitamente, sentaba de hecho un
principio: el comienzo del reinado del superhombre.
Barsut volvió la cabeza para examinar el
Astrólogo. Erdosain comprendió que éste hablaba seriamente.
–Ahora bien, cuando llegué a la conclusión
de que Morgan, Rockefeller y Ford eran por el poder que les confería el dinero
algo así como dioses, me di cuenta que la revolución social sería imposible
sobre la tierra porque un Rockefeller o un Morgan podían destruir con un solo
gesto una raza, como usted en su jardín un nido de hormigas.
–Siempre que tuvieran el coraje de hacerlo.
–¿El coraje? Yo me pregunté si era posible
que un dios renunciara a sus poderes... Me pregunté si un rey del cobre o del
petróleo llegaría a dejarse despojar de sus flotas, de sus montañas, de su oro
y de sus pozos, y me di cuenta que para privarse de ese fabuloso mundo había
que tener la espiritualidad de un Buda o de un Cristo... y que ellos, los
dioses que disponían de todas las fuerzas, no permitirían jamás su exacción. En
consecuencia, tendría que acontecer algo enorme.
–No lo veo... Yo escribí ese pensamiento
guiado por otros móviles.
–Interesa poco. Lo enorme es esto: La
humanidad, las multitudes de las enormes tierras han perdido la religión. No me
refiero a la católica. Me refiero a todo credo teológico. Entonces los hombres
van a decir: «¿Para qué queremos la vida?...» Nadie tendrá interés en conservar
una existencia de carácter mecánico, porque la ciencia ha cercenado toda fe. Y
en el momento que se produzca tal fenómeno, reaparecerá sobre la tierra una
peste incurable... la peste del suicidio... ¿Se imagina usted un mundo de
gentes furiosas, de cráneo seco, moviéndose en los subterráneos de las
gigantescas ciudades y aullando a las paredes de cemento armado: «¿Qué han hecho
de nuestro dios?...» ¿Y las muchachitas y las escolares organizando sociedades
secretas para dedicarse al sport del suicidio? ¿Y los hombres negándose a
engendrar hijos que el iluso Berthelot creía que se alimentarían con pastillas
sintéticas?...
–Es mucho suponer –dijo Erdosain.
El Astrólogo se volvió hacia él, asombrado.
Le había olvidado.
–Claro, no sucederá mientras los hombres no
reparen en qué se funda su desdicha.
Eso es lo que ha pasado en realidad con los
movimientos revolucionarios de carácter económico.
El judaísmo acercó sus narices al Debe y al
Haber del mundo y dijo: «La felicidad está en quiebra porque el hombre carece
de dinero para subvenir a sus necesidades...» Cuando debió decir que: «La
felicidad está en quiebra porque el hombre carece de dioses y de fe».
–¡Pero usted se contradice! Antes dijo
que... –objetó Erdosain.
–Cállese, ¿qué sabe?... Y pensando, llegué
a la conclusión de que ésa era la enfermedad metafísica y terrible de todo
hombre. La felicidad de la humanidad
sólo puede apoyarse en la mentira metafísica... Privándole de esa mentira
recae en las ilusiones de carácter económico..., y entonces me acordé que los únicos que podían devolverle a la
humanidad el paraíso perdido eran los dioses de carne y hueso: Rockefeller, Morgan,
Ford... y concebí un proyecto que puede aparecer fantástico a una mente
mediocre... Vi que el callejón sin salida de la realidad social tenía una única
salida... y era volver para atrás.
Barsut, cruzándose de brazos, se había
sentado a la orilla de la mesa.
Sus pupilas verdes estaban tiesas en el
Astrólogo, que, con el guardapolvo abotonado hasta la garganta y el pelo
revuelto, pues se había quitado el sombrero, caminaba de un extremo a otro de
la cochera, apartando con la punta de un botín los tallos de pasto seco que
sembraban el suelo. Erdosain, apoyado de espaldas contra un poste, observaba el
semblante de Barsut, que lentamente se iba impregnando de atención irónica,
casi malévola, como si las palabras que decía el Astrólogo sólo befa merecieran.
Este, como si se escuchara a sí mismo, caminaba, se detenía, a instantes se
mesaba el cabello. Dijo:
–Sí, llegará
un momento en que la humanidad escéptica, enloquecida por los placeres,
blasfema de impotencia, se pondrá tan furiosa que será necesario matarla como a
un perro rabioso...
–¿Qué es lo que dice?...
–Será la poda del árbol humano... una
vendimia que sólo ellos, los millonarios, con la ciencia a su servicio, podrán
realizar. Los dioses, asqueados de la realidad, perdida toda ilusión en la
ciencia como factor de felicidad, rodeados de esclavos tigres, provocarán
cataclismos espantosos, distribuirán las pestes fulminantes... Durante algunos
decenios el trabajo de los superhombres y de sus servidores se concretará a
destruir al hombre de mil formas, hasta agotar el mundo casi... y sólo un
resto, un pequeño resto será aislado en algún islote, sobre el que se asentarán
las bases de una nueva sociedad.
Barsut se había puesto de pie. Con el
entrecejo fiero, y las manos metidas en los bolsillos del pantalón, se encogió
de hombros, preguntando:
–¿Pero es posible que usted crea en la
realidad de esos disparates?
–No, no son disparates, porque yo los
cometería aunque fuera para divertirme.
Y continuó:
–Desdichados hay que creer en ellos..., y
eso es suficiente... Pero he aquí mi idea: esa sociedad se compondrá de dos
castas, en las que habrá un intervalo... mejor dicho, una diferencia
intelectual de treinta siglos. La mayoría vivirá mantenida escrupulosamente en
la más absoluta ignorancia, circundada de milagros apócrifos, y por lo tanto
mucho más interesantes que los milagros históricos, y la minoría será la
depositaría absoluta de la ciencia y del poder. De esa forma queda garantizada
la felicidad de la mayoría, pues el hombre de esta casta tendrá relación con el
mundo divino, en el cual hoy no cree. La minoría administrará los placeres y
los milagros para el rebaño, y la edad de oro, edad en la que los ángeles
merodeaban por los caminos del crepúsculo y los dioses se dejaron ver en los
claros de luna, será un hecho.
–Pero eso es monstruoso en sí. Eso no puede
ser.
–¿Por qué? Yo sé que no puede ser, pero hay
que proceder como si fuera factible.
–Esa desproporción... la ciencia...
–¡Qué ciencia ni ciencia! ¿Acaso usted sabe
para qué sirve la ciencia? ¿Usted no se burla en su pensamiento de los sabios y
los llama «infatuados de los perecedero»?
–Veo que usted se ha leído esas pavadas.
–Claro. No hay que contradecir porque sí a
la gente. Y la desproporción monstruosa que usted advierte en mi sociedad
existe actualmente en nuestra sociedad, pero a la inversa. Nuestros conocimientos,
quiero decir nuestras mentiras
metafísicas, están en pañales, mientras que nuestra ciencia es un
gigante... y el hombre, criatura doliente, soporta en él este desequilibrio
espantoso... De un lado lo sabe todo... del otro lo ignora todo. En mi sociedad
la mentira metafísica, el conocimiento práctico de un dios maravilloso será el
fin..., el todo que rellenará la ciencia de las cosas, inútil para la felicidad
interior, será en nuestras manos un medio de dominio, nada más. Y no discutamos
esto, porque es superfluo. Se ha inventado casi todo pero no ha inventado el
hombre una máxima de gobierno que supere a los principios de un Cristo, un
Buda. No. Naturalmente, no le discutiré el derecho al escepticismo, pero el
escepticismo es un lujo de minoría... Al resto le serviremos la felicidad bien
cocinada y la humanidad engullirá gozosamente la divina bazofia.
–¿Le parece a usted posible?
El Astrólogo se detuvo un momento. Ahora
hacía girar el anillo de acero con la piedra violeta, se lo quitó del dedo para
observar su interior; luego, acercándose a Barsut, pero con un gesto de
extrañeza, como el de un hombre cuya imaginación está distante de la realidad,
repuso:
–Sí, todo lo que imagina la mente del
hombre puede ser realizado dentro de los tiempos. ¿No ha impuesto ya Mussolini
la enseñanza religiosa en Italia? Le cito esto como una prueba de la eficacia
del bastón en la espalda de los pueblos. La cuestión es apoderarse del alma de
una generación... El resto se hace solo.
–¿Y la idea?
–Aquí llegamos... Mi idea es organizar una
sociedad secreta, que no tan sólo propague mis ideas, sino que sea una escuela
de futuros reyes de hombres. Ya sé que usted me dirá que han existido numerosas
sociedades secretas... y es cierto..., todas desaparecieron porque carecían de
bases sólidas, es decir, que se apoyaban en un sentimiento en una idealidad
política o religiosa, con exclusión de toda realidad inmediata. En cambio,
nuestra sociedad se basará en un principio más sólido y moderno: el
industrialismo, es decir, que la logia tendrá un elemento de fantasía, si así
se quiere llamar a todo lo que le he dicho, y otro elemento positivo: la
industria, que dará como consecuencia el oro.
El tono de su voz se hizo más bronco. Una
ráfaga de ferocidad ponía cierta desviación de astigmatismo en su mirada. Movió
la greñuda cabeza a diestra y siniestra, como si le punzara el cerebro la
agudeza de una emoción extraordinaria, apoyó las manos en los riñones y reanudando
el ir y venir, repitió:
–¡ Ah! el oro... el oro... ¿Sabe cómo lo
llamaban los antiguos germanos al oro? El oro rojo... el oro... ¿Se da cuenta
usted? No abra la boca. Satanás. Dése cuenta, jamás, jamás ninguna sociedad
secreta trató de efectuar una tal amalgama. El dinero será la soldadura y el
lastre que le concederá a las ideas el peso y la violencia necesarias para
arrastrar a los hombres. Nos dirigiremos en especial a las juventudes, porque
son más estúpidas y entusiastas. Les
prometeremos el imperio del mundo y del amor... Les prometeremos todo... ¿me
comprende usted?... y les daremos uniformes vistosos, túnicas esplendentes...
capacetes con plumajes de variados
colores... pedrerías... grados de iniciación con nombres hermosos y
jerarquías... Y allá en la montaña levantaremos el templo de cartón... Eso será
para imprimir una cinta... No. Cuando hayamos triunfado levantaremos el templo
de las siete puertas de oro... Tendrá columnas de mármol rosado y los caminos
para llegar a él estarán enarenados con granos de cobre. En torno construiremos
jardines... y allá irá la humanidad a adorar el dios vivo que hemos inventado.
–Pero el dinero..., el dinero para hacer
todo eso..., los millones...
A medida que el Astrólogo hablaba, el
entusiasmo de éste se contagiaba a Erdosain. Se había olvidado de Barsut,
aunque éste se encontraba frente a él. Sin poderlo evitar, evocaba una tierra
de posible renovación. La humanidad viviría en perpetua fiesta de simplicidad,
ramilletes de estroncio tachonarían la noche de cascadas de estrellas rojas, un
ángel de alas verdosas soslayaría la cresta de una nube, y bajo las botánicas
arcadas de los bosques se deslizarían hombres y mujeres, envueltos en túnicas
blancas, y limpio el corazón de la inmundicia que a él lo apestaba. Cerró los
ojos, y el semblante de Elsa se deslizó por su memoria, mas no despertó ningún
eco, porque la voz del Astrólogo llenaba la cochera de esta réplica salvaje:
–¿Así que le interesa de dónde sacaremos
los millones? Es fácil. Organizaremos prostíbulos. El Rufián Melancólico será
el Gran Patriarca Prostibulario... todos los miembros de la logia tendrán
interés en las empresas... Explotaremos la usura... la mujer, el niño, el
obrero, los campos y los locos. En la montaña... será en el Campo Chileno...
colocaremos lavaderos de oro, la extracción de metales se efectuará por electricidad.
Erdosain ya calculó una turbina de 500 caballos. Prepararemos el ácido nítrico
reduciendo el nitrógeno de la atmósfera con el procedimiento del arco voltaico
en torbellino y tendremos hierro, cobre y aluminio mediante las fuerzas hidroeléctricas. ¿Se da cuenta?
Llevaremos engañados a los obreros, y a los que no quieran trabajar en las
minas los mataremos a latigazos. ¿No sucede eso hoy en el Gran Chaco, en los
yerbales y en las explotaciones de caucho, café y estaño? Cercaremos nuestras
posesiones de cables electrizados y compraremos con una pera de agua a todos
los polizontes y comisarios del Sur. El caso es empezar, ya ha llegado el
Buscador de Oro. Encontró placeres en el Campo Chileno, vagando con una
prostituta llamada la Máscara. Hay que empezar. Para la comedia del dios
elegiremos un adolescente... Mejor será criar un niño de excepcional belleza, y
se le educará de él por todas partes, pero con misterio, y la imaginación de la
gente multiplicará su prestigio. ¿Se imagina usted lo que dirán los papanatas
de Buenos Aires cuando se propague la murmuración de que allá en las montañas
del Chubut, en un templo inaccesible de oro y de mármol, habita un dios
adolescente... un fantástico efebo que hace milagros?
–¡Sabe que sus disparates son interesantes!
–¿Disparates? ¿No se creyó en la existencia
del plesiosauro que descubrió un inglés borracho, el único habitante del
Neuquén a quien la policía no deja usar revólver por su espantosa puntería?...
¿No creyó la gente de Buenos Aires en los poderes sobrenaturales de un
charlatán brasileño que se comprometía a curar milagrosamente la parálisis de
Orfilia Rico? Aquél sí que era un espectáculo grotesco y sin pizca de
imaginación. E innumerables badulaques lloraban a moco tendido cuando el
embrollón enarboló el brazo de la enferma, que todavía está tullido, lo cual
prueba que los hombres de ésta y de todas las generaciones tienen absoluta
necesidad de creer en algo. Con la ayuda de algún periódico, créame, haremos
milagros. Hay varios diarios que rabian por venderse o explotar un asunto
sensacional. Y nosotros les daremos a todos los sedientos de maravillas un dios
magnífico, adornado de relatos que podemos copiar de la Biblia... Una idea se
me ocurre: anunciaremos que el mocito es el Mesías pronosticado por los
judíos... Hay que pensarlo... Sacaremos fotografías del dios de la selva...
Podemos imprimir una cinta cinematográfica con el templo de cartón en el fondo
del bosque, el dios conversando con el espíritu de la Tierra.
–¿Pero
usted es un cínico o un loco?
Erdosain lo miró malhumorado a Barsut. ¿Era
posible que fuera tan imbécil e insensible a la belleza que adornaba los
proyectos del Astrólogo? Y pensó: «Esta mala bestia le envidia su magnífica
locura al otro. Esa es la verdad. No quedará otro remedio que matarlo».
–Las dos cosas, y elegiremos un término
medio entre Krisnamurti y Rodolfo Valentino... pero más místico, una criatura
que tenga un rostro extraño simbolizando el sufrimiento del mundo. Nuestras
cintas se exhibirán en los barrios pobres, en el arrabal. ¿Se imagina usted la
impresión que causará al populacho el espectáculo del dios pálido resucitando a
un muerto, el de los lavaderos de oro con un arcángel como Gabriel custodiando
las barcas de metal y prostitutas deliciosamente ataviadas dispuestas a ser las
esposas del primer desdichado que llegue? Van a sobrar solicitantes para ir a
explotar la ciudad del Rey del Mundo y a gozar de los placeres del amor
libre... De entre esa ralea elegiremos los más incultos... y allá abajo les
doblaremos bien el espinazo a palos, haciéndolos trabajar veinte horas en los
lavaderos.
–Yo lo creía a usted obrerista.
–Cuando converse con un proletario seré
rojo. Ahora converso con usted, y a usted le digo: Mi sociedad está inspirada
en aquella que a principios del siglo noveno organizó un bandido persa llamado
Abdala–Aben–Maimum. Naturalmente, sin el aspecto industrial que yo filtro en la
mía, y que forzosamente garantía su éxito. Maimum quiso fusionar a los
librepensadores, aristócratas y creyentes de dos razas tan distintas como la
persa y la árabe, en una secta en la que implantó diversos grados de iniciación
y misterios. Mentían descaradamente a todo el mundo. A los judíos les prometían
la llegada del Mesías, a los cristianos la del Paracleto, a los musulmanes la
del Madhi... de tal manera que una turba de gente de las más distintas
opiniones, situación social y creencias trabajaban en pro de una obra cuyo
verdadero fin era conocido por muy pocos. De esta manera Maimum esperaba llegar
a dominar por completo el mundo musulmán. Excuso decirle que los directores del
movimiento eran unos cínicos estupendos, que no creían absolutamente en nada.
Nosotros les imitaremos. Seremos bolcheviques, católicos, fascistas, ateos,
militaristas, en diversos grados de iniciación.
–Usted es el rufián más descarado que he conocido...
Si tuviera éxito...
Barsut experimentaba un singular placer en
insultarlo al Astrólogo. Y es que no quería reconocer que era inferior al otro.
Además, había algo que le humillaba profundamente, parecerá mentira, pero le
indignaba pensar que Erdosain fuera amigo y gozara de la intimidad de hombre
semejante. Y se decía:
«¿Cómo es posible que este imbécil haya
llegado a ser amigo de tal hombre?» Y por ese motivo sentía que en su interior
no había mala razón que no contradijera las palabras del Astrólogo.
–Lo tendremos, ya que está el cebo del oro.
Los resultados de nuestra organización se verán por los balances que arrojen
los negocios que emprendamos. Los prostíbulos serán una fuente de dinero.
Erdosain ha ideado un aparato que permitirá controlar diariamente el número de
visitas que reciba cada pupila. Esto sin contar con las donaciones, una nueva
industria que pensamos explotar: la rosa de cobre, que ha inventado Erdosain.
Ahora usted se puede explicar por qué lo hemos secuestrado.
–¿Qué hacemos con la explicación si estoy
preso?
En aquel instante, Erdosain se observó a sí
mismo de lo singular que resultaba el hecho de que Barsut en ningún momento le
amenazara al Astrólogo con represalias para el momento en que se encontrara
libre, lo que le hizo decirse: «Hay que andar con cuidado con este Judas, es
capaz de vendernos, no por su plata, sino por envidia». El Astrólogo continuó:
–Su dinero nos servirá para instalar un
lenocinio, organizar el pequeño contingente y comprar y herramientas,
instalación de radiotelegrafía y otros elementos para el lavadero de oro.
–¿Y usted no admite que puede equivocarse?
–Sí... ya lo he pensado, pero procedo como si estuviera en lo cierto.
Además, una sociedad secreta es como una enorme caldera. El vapor que produce
puede mover una grúa como un ventilador...
–¿Y usted qué es lo que quiere mover?
–Una montaña de carne inerte. Nosotros los
pocos queremos, necesitamos los espléndidos poderes de la tierra. Dichosos de
nosotros si con nuestras atrocidades podemos aterrorizar a los débiles e
inflamar a los fuertes. Y para ello es necesario crearse la fuerza,
revolucionar las conciencias, exaltar la barbarie. Ese agente de fuerza
misteriosa y enorme que suscitará todo eso será la sociedad. Instauraremos los
autos de fe, quemaremos vivos en las plazas a los que no crean en Dios. ¿Cómo
es posible que la gente no se haya dado cuenta de la extraordinaria belleza que
hay en ese acto... en el de quemar vivo a un nombre? Y por no creer en Dios,
¿se da cuenta usted?, por no creer en Dios. Es necesario, compréndame, es
absolutamente necesario que una religión sombría y enorme vuelva a inflamar el
corazón de la humanidad. Que todos caigan de rodillas al paso de un santo, y
que la oración del más ínfimo sacerdote encienda un milagro en el cielo de la
tarde. ¡Ah, si usted supiera cuántas veces lo he pensado! Y lo que me alienta
es saber que la civilización y la miseria del siglo han desequilibrado a muchos
hombres. Estos locoides que no encuentran rumbos en la sociedad son fuerzas
perdidas. En el más ignominioso café de barrio, entre dos simples y un cínico
va a encontrar usted tres genios. Estos genios no trabajan, no hacen nada...
Convengo con usted en que son genios de hojalata... Pero esa hojalata es una
energía que bien utilizada puede ser la base de un movimiento nuevo y poderoso.
Y éste es el elemento que yo quiero emplear.
–¿Manager de locos?...
–Esa es la frase. Quiero ser manager de
locos, de los innumerables genios apócrifos, de los desequilibrados que no
tienen entrada en los centros espiritistas y bolcheviques... Estos imbéciles...
y yo se lo digo porque tengo experiencia... bien engañados..., lo suficiente
recalentados, son capaces de ejecutar actos que le pondrían a usted la piel de
gallina. Literatos de mostrador. Inventores de barrio, profetas de parroquia,
políticos de café y filósofos de centros recreativos serán la carne de cañón de
nuestra sociedad.
Erdosain sonreía. Luego, sin mirar al
encadenado, dijo:
–Usted no conoce la inaguantable insolencia
de los fronterizos del genio...
–Sí, mientras no se los comprende, ¿no es
verdad. Barsut?
–No me interesa.
–Es que a usted debe interesarle porque va
a ser de los nuestros. Yo opino esto. Si a un fronterizo se le discute que no
es un genio, toda la insolencia y la grosería de este incomprendido se levanta
injuriosa ante usted. Pero elogie sistemáticamente a un monstruo del amor
propio, y ese mismo sujeto que lo hubiera asesinado a la menor contradicción se
convierte en su lacayo. Lo que debe saber es suministrarles una mentira
suficientemente dosificada. Inventor o poeta, será su criado.
–¿Usted también se cree genio? –estalló
iracundo Barsut.
–Yo también me creo genio... Claro que lo
creo... pero cinco minutos y una sola vez al día..., aunque poco me interesa
serlo o no. Las frases importan poco a los predestinados a realizar. Son los fronterizos del genio los que
engordan con palabras inútiles. Yo me he planteado este problema que nada
tiene que ver con mis condiciones intelectuales. ¿Puede hacerse felices a los
hombres? Y empiezo por acercarme a los desgraciados, darles por objetivo de sus
actividades una mentira que los haga felices inflando su vanidad..., y estos
pobres diablos que abandonados a sí mismos no hubieran pasado de
incomprendidos, serán el precioso material con que produciremos la potencia...
el vapor...
–Usted se va por las ramas. Yo le pregunto
qué fin personal persigue usted al querer organizar la sociedad.
–Su pregunta es estúpida. ¿Para qué inventó
Einstein su teoría? Bien puede el mundo pasarse sin la teoría de Einstein. ¿Sé
yo acaso si soy un instrumento de las fuerzas superiores, en las que no creo
una palabra? Yo no sé nada. El mundo es misterioso. Posiblemente yo no sea nada
más que el sirviente, el criado que prepara una hermosa casa en la que ha de
venir a morir el Elegido, el Santo.
Barsut sonrió imperceptiblemente. Aquel
hombre hablando del Elegido con su oreja arrepollada, su melena hirsuta y
delantal de carpintero le causaba una impresión irónica, indefinible. ¿Hasta
qué punto fingía aquel bribón? Y lo curioso es que no podía irritarse contra
él, lo dominaba del hombre una sensación imprecisa, lo que le decía no era
inesperado, sino que hasta parecía haber escuchado aquellas frases, con el
mismo tono de voz, en otra circunstancia distante, como perdida en el gris
paisaje de un sueño.
La voz del Astrólogo se hizo menos
imperiosa.
–Créame, siempre ocurre así en los tiempos
de inquietud y desorientación. Algunos pocos se anticipan con un presentimiento
de que algo formidable debe ocurrir... Esos intuitivos, yo formo parte de ese
gremio de expectantes, se creen en el deber de excitar la conciencia de la
sociedad..., de hacer algo aunque ese algo sean disparates. Mi algo en esta
circunstancia es la sociedad secreta. ¡Gran Dios! ¿Sabe acaso el hombre la
consecuencia de sus actos? Cuando pienso que voy a poner en movimiento un mundo
de títeres..., títeres que se multiplicarán, me estremezco, hasta llego a
pensar que lo que puede ocurrir es tan ajeno a mi voluntad como lo serían a la
voluntad del dueño de una usina las bestialidades que ejecutara en el tablero
un electricista que se hubiera vuelto repentinamente loco, Y a pesar de ellos siento
la imperiosa necesidad de poner en marcha esto, de reunir en un solo manojo la
disforme potencia de cien psicologías distintas, de armonizarlas mediante el
egoísmo, la vanidad, los deseos y las ilusiones, teniendo como base la mentira
y como realidad el oro..., el oro rojo...
–Usted está en lo cierto... Usted va a
triunfar.
–Bueno, ¿qué es ahora lo que espera de mí?
–replicó Barsut.
–Ya le dije antes. Que nos firme el cheque
por diecisiete mil pesos. A usted le quedarán tres mil.
Con eso puede irse al diablo. El resto se
lo pagaremos en cuotas mensuales con lo que rindan los prostíbulos y los
lavaderos.
–¿Y saldré de aquí?
–En cuanto cobremos el cheque.
–¿Y cómo me prueba usted de que ésas son
sus verdades?
–Ciertas cosas no se prueban... Pero ya que
usted me pide una prueba, le diré: Si usted se niega a firmarme el cheque lo
haré torturar por el Hombre que vio a la Partera, y después que me haya firmado
el cheque lo mataré...
Barsut levantó sus ojos descoloridos, y ahora su rostro con barba de tres días parecía envuelto en una neblina de cobre. ¡Matarlo! La palabra no le causó ninguna impresión. En ese momento carecía de sentido para él. Además, la vida le importaba tan poco... Hacía mucho tiempo que aguardaba una catástrofe; ésta se había producido, y en vez de sentirse acosado por el terror encontraba en el interior de si mismo una indiferencia cínica que se encogía de hombros ante cualquier destino. El Astrólogo continuó:
–Mas no quisiera llegar a eso... Lo que yo
quisiera es contar con su ayuda personal... que usted se interesara en nuestros
proyectos. Créame, nosotros estamos viviendo en una época terrible. Aquel que
encuentre la mentira que necesita la multitud será el Rey del Mundo. Todos los
hombres viven angustiados... El catolicismo no satisface a nadie, el budismo no
se presta para nuestro temperamento estragado por el deseo de gozar. Quizá
hablemos de Lucifer y de la Estrella de la Tarde. Usted le agregará a nuestro
sueños toda la poesía que ellos necesitan, y nos dirigiremos a los jóvenes...
¡Oh!, es muy grande esto... muy grande...
El Astrólogo se dejó caer sobre el cajón.
Estaba extenuado. Enjugóse el sudor de la frente con un pañuelo a cuadros como
el de los labriegos, y los tres permanecieron un instante en silencio.
De pronto Barsut dijo:
–Sí, tiene usted razón, esto es muy grande.
Suélteme, que le firmaré el cheque.
Había pensado que todas las palabras del
Astrólogo eran mentiras, y aquello casi le perdió.
El Astrólogo se levantó caviloso:
–Perdón, yo le pondré a usted en libertad
después que haya cobrado el cheque. Hoy es miércoles.
Mañana a mediodía puede estar usted en
libertad, pero nuestra casa sólo la podrá abandonar dentro de dos meses –dijo
esto porque reparó que el otro no creía en sus proyectos. – ¿Para esta tarde no
necesita algo?
–No.
–Buenos, hasta luego.
–Pero ¿se va así?... Quédese...
–No. Estoy cansado. Necesito dormir un
rato. Esta noche vendré y charlaremos otro poco. ¿Quiere cigarrillos?
–Bueno.
Salieron de la caballeriza.
Barsut se recostó en su lecho de pasto
seco, y encendiendo un cigarrillo lanzó algunas bocanadas de humo que en la
oblicua de una aguja de sol destrenzaban sus maravillosos caracoles de azul
acero.
Ahora que estaba solo su pensamiento se
ordenaba cordialmente, y hasta se dijo:
«¿Por qué no ayudarlo a «ése»? El proyecto
que tiene de la colonia es interesante, y ahora me explico por qué ese bestia
de Erdosain le tiene tanta admiración. Cierto es que me habré quedado en la
calle... quizá sí, quizá no... mas de una forma o de otra había que terminar».
Y entrecerró los ojos para meditar en el futuro.
El Astrólogo, con la galera echada sobre
los ojos, se volvió a Erdosain y dijo:
–Barsut cree que nos ha engañado. Mañana,
después de cobrar el cheque, tendremos que ejecutarlo...
–No, tendrá que ejecutarlo...
–No tengo inconveniente... pero qué le
vamos a hacer. En libertad ese envidioso nos denunciaría inmediatamente. ¡Y él
cree que estamos locos! Y efectivamente lo estaríamos si los dejáramos con
vida.
Se detuvieron junto a la casa. Arriba unas
nubes achocolatadas avanzaban rápidamente en lo celeste su dentellado relieve.
–¿Quién lo va a asesinar?
–El Hombre que vio a la Partera.
–Sabe que no es muy agradable morir con el
verano en puerta...
–Así no más es...
–¿Y el cheque?
–Lo cobrará usted.
–¿No tiene usted miedo que me escape?
–No, por el momento no.
–¿Por qué?
–Porque no. Usted más que nadie necesita
que la sociedad resulte para desaburrirse. Si usted es mi cómplice, es
precisamente por eso... por aburrimiento, por angustia.
–Puede ser. Mañana, ¿a qué hora nos
veremos?
–Este... a las nueve en la estación. Yo le
llevaré el cheque. A propósito, ¿tiene cédula de identidad?
–Sí.
–Entonces no hay nada que temer. ¡Ah! una
cosa. Le recomiendo que hable poco en la reunión y fríamente.
–¿Están todos?
–Sí.
–¿También el Buscador de Oro?
–Sí.
Apartando los ramojos que les castigaban
los rostros, avanzaron hacia la glorieta. Era éste un quiosco fabricado con
alfajías, y en los rombos de madera prendían sus tallos verdes los crecimientos
de una madreselva cargada de campánulas violetas y blancas.
28 de junio de 2012
Un hombre extraño
A las diez de la mañana Erdosain llegó a Perú y
Avenida de Mayo. Sabía que su problema no tenía otra solución que la cárcel,
porque Barsut seguramente no le facilitaría el dinero. De pronto se sorprendió.
En la mesa
de un café estaba el farmacéutico Ergueta.
Con el
sombrero hundido hasta las orejas y las manos tocándose por los pulgares sobre
el grueso vientre, cabeceaba con una expresión agria, abotagada, en su cara
amarilla.
Lo vidrioso
de sus ojos saltones, su gruesa nariz ganchuda, las mejillas fláccidas y el
labio inferior casi colgando, le daban la apariencia de un cretino.
Enfundaba su
macizo cuerpazo en un traje de color de canela y, a momentos, inclinado el
rostro, apoyaba los dientes en el puño de marfil de su bastón.
Por ese
desgano y la expresión canalla de su aburrimiento tenía el aspecto de un
tratante de blancas. Inesperadamente sus ojos se encontraron con los de
Erdosain, que iba a su encuentro, y el semblante del farmacéutico se iluminó
con una sonrisa pueril. Aún sonreía cuando le estrechaba la mano a Erdosain,
que pensó:
¡Cuántas
lo han querido por esa sonrisa!
Involuntariamente, la primera pregunta de Erdosain fue:
Y, ¿te
casaste con Hipólita?
Sí, pero
no te imaginás el bochinche que se armó en casa...
¿Qué...,
supieron que era de la vida?
No... eso
lo dijo ella después. ¿Vos sabés que Hipólita antes de hacer la calle trabajó
de sirvienta?...
¿Y?
Poco
después que no casamos, fuimos mamá, yo, Hipólita y mi hermanita a lo de una
familia. ¿Te das cuenta qué memoria la de esa gente? Después de diez años
reconocieron a Hipólita que fue sirvienta de ellos. ¡Algo que no tiene nombre!
Yo y ella nos vinimos por un camino y mamá y Juana por otro. Toda la historia
que yo inventé para justificar mi casamiento se vino abajo.
¿Y por qué
confesó que fue prostituta?
Un momento
de rabia. Pero, ¿no tenía razón? ¿No se había regenerado? ¿No me aguantaba a
mí, a mí, que les he sacado canas verdes a ellos?
¿Y cómo te
va?
Muy
bien... La farmacia da sesenta pesos diarios. En Pico no hay otro que conozca
la Biblia como yo. Lo desafié al cura a una controversia y no quiso agarrar
viaje.
Erdosain
miró repentinamente esperanzado a su extraño amigo. Luego le preguntó:
¿Jugás
siempre?
Sí, y
Jesús, por mi mucha inocencia, me ha revelado el secreto de la ruleta.
¿Qué es
eso?
Vos no
sabés... el gran secreto... una ley de sincronismo estático... ya fui dos veces
a Montevideo y gané mucho dinero, pero esta noche salimos con Hipólita para
hacer saltar la banca.
Y de pronto
lanzó la embrollada explicación:
Mirá, le
jugás hipotéticamente una cantidad a las tres primeras bolas, una a cada
docena. Si no salen tres docenas distintas se produce ferozmente el
desequilibrio. Marcás, entonces, con un punto la docena salida. Para las tres
bolas que siguen quedará igual la docena que marcaste. Claro está que el cero
no se cuenta y que jugás a las docenas en series de tres bolas. Aumentás
entonces una unidad en la docena que no tiene alguna cruz, disminuís, en una,
quiero decir, en dos unidades la docena que tiene tres cruces, y esta sola base
te permite deducir la unidad menor que las mayores y se juega la diferencia a
la docena o las docenas que resulten.
Erdosain no
había entendido. Contenía su deseo de reír a medida que su esperanza crecía,
pues era indudable que Ergueta estaba loco. Por eso replicó:
Jesús sabe
revelar esos secretos a los que tienen el alma llena de santidad.
Y también
a los idiotas arguyó Ergueta, clavando en él una mirada burlona, a medida que
guiñaba el párpado izquierdo. Desde que yo me ocupo de esas cosas misteriosas
he hecho macanas grandes como casas, por ejemplo, casarme con esa atorranta...
¿Y sos
feliz con ella?
... creer
en la bondad de la gente, cuando todo el mundo lo que tira es a hundirlo a uno
y hacerle fama de loco...
Erdosain,
impaciente, frunció el ceño; luego:
¿Cómo no
querés que te tengan por loco? Vos fuiste, según tus propias palabras, un gran
pecador. Y de pronto te convertís, te casás con una prostituta porque eso está
escrito en la Biblia, le hablás a la gente del cuarto sello y del caballo
amarillo... claro... la gente tiene que creer que estás loco, porque esas cosas
no las conoce ni por las tapas. ¿A mí no me tienen también por loco porque he
dicho que habría que instalar una tintorería para perros y metalizar los puños
de las camisas?... Pero yo no creo que estés loco. No, no lo creo. Lo que hay
en vos es un exceso de vida, de caridad y de amor al prójimo. Ahora, eso de que
Jesús te haya revelado el secreto de la ruleta me parece medio absurdo...
Cinco mil
pesos gané en las dos veces...
Pongamos
que sea cierto. Pero lo que te salva a vos no es el secreto de la ruleta, si no
el hecho de tener una hermosa alma. Sos capaz de hacer el bien, de emocionarte
ante un hombre que está a las puertas de la cárcel...
Eso sí que
es verdad interrumpió Ergueta. Fijate que hay otro farmacéutico en el pueblo
que es un tacaño viejo. El hijo le robó cinco mil pesos... y después vino a
pedirme un consejo. ¿Sabés lo que le aconsejé yo? Que lo amenazara al padre con
hacerlo meter preso por vender cocaína si lo denunciaba.
¿Ves cómo
te comprendo yo? Vos querías salvar el alma del viejo haciéndole cometer un
pecado al hijo, pecado del que éste se arrepentirá toda la vida. ¿No es así?
Sí, en la
biblia está escrito: "Y el padre se levantará contra el hijo y el hijo
contra el padre"...
¿Ves? Yo
te entiendo a vos. No sé para lo que estás predestinado... El destino de los
hombres es siempre incierto. Pero creo que tenés por delante un camino
magnífico. ¿Sabés? Un camino raro...
Seré el
Rey del Mundo. ¿Te das cuenta? Ganaré en todas las ruletas el dinero que
quiera. Iré a Palestina, a Jerusalén y reedificaré el gran templo de Salomón...
Y salvarás
de angustia a mucha gente buena. ¡Cuántos hay que por necesidad defraudaron a
sus patrones, robaron dinero que les estaba confiado! ¿Sabés? La angustia... Un
tipo angustiado no sabe lo que hace... Hoy roba un peso, mañana cinco, pasado
veinte y cuando se acuerda debe cientos de pesos. Y el hombre piensa. Es
poco... y de pronto se encuentra con que han desaparecido quinientos, no,
seiscientos pesos con siete centavos. ¿Te das cuenta? Ésa es la gente que hay
que salvar..., a los angustiados, a los fraudulentos.
El
farmacéutico meditó un instante. Una expresión grave se disolvió en la superficie
de su semblante abotagado; luego, calmosamente, agregó:
Tenés
razón... el mundo está lleno de turros, de infelices... pero ¿cómo remediarlo?
Esto es lo que a mí me preocupa. ¿De qué forma presentarle nuevamente las
verdades sagradas a esa gente que no tiene fe?
Pero si la
gente lo que necesita es plata... no sagradas verdades.
No, es que
eso pasa por el olvido de las Escrituras. Un hombre que lleva en sí las
sagradas verdades no lo roba a su patrón, no defrauda a la compañía en que
trabaja, no se coloca en situación de ir a la cárcel del hoy al mañana.
Luego se
rascó pensativamente la nariz y continuó:
Además,
¿quién no te dice que eso no sea para bien? ¿Quiénes van a hacer la revolución
social, si no los estafadores, los desdichados, los asesinos, los fraudulentos,
toda la canalla que sufre abajo sin esperanza alguna? ¿O te creés que la
revolución la van a hacer los cagatintas y los tenderos?
De
acuerdo, de acuerdo... pero, en tanto llega la revolución social, ¿qué hace ese
desdichado? ¿Qué hago yo?
Y Erdosain,
tomándolo del brazo a Ergueta, exclamó:
Porque yo
estoy a un paso de la cárcel, ¿sabés? He robado seiscientos pesos con siete
centavos.
El
farmacéutico guiñó lentamente el párpado izquierdo y luego dijo:
No te
aflijás. Los tiempos de tribulación de que hablan las Escrituras han llegado.
¿No me he casado ya con la Coja, con la Ramera? ¿No se ha levantado el hijo
contra el padre y el padre contra el hijo? La revolución está más cerca de lo
que la desean los hombres. ¿No sos vos el fraudulento y el lobo que diezma el
rebaño...?
Pero,
decime, ¿vos no podés prestarme esos seiscientos pesos?
El otro
movió lentamente la cabeza:
¿Te pensás
que porque leo la Biblia soy un otario?
Erdosain lo
miró desesperado:
Te juro
que los debo.
De pronto
ocurrió algo inesperado.
El
farmacéutico se levantó, extendió el brazo y haciendo chasquear la yema de los
dedos, exclamó ante el mozo del café que miraba asombrado la escena:
Rajá,
turrito, rajá.
Erdosain,
rojo de vergüenza, se alejó. Cuando en la esquina volvió la cabeza, vió que
Ergueta movía los brazos hablando con el camarero.
30 de mayo de 2012
Alma, mi pobre alma... qué vida la nuestra... qué vida.
Elsa lo deja a Remo Erdosaín y se va con el Capitán aunque promete regresar. Erdosaín cuenta las humillaciones que sufrió de niño. Resumo todo el hermoso díalogo en unas pocas palabras. Más adelante, pondré el diálogo completo.
ELSA: Bueno, me voy, Remo... Era necesario que esto terminara así.ERDOSAIN: Pero, ¿vos?... ¿vos?ELSA: ¿Qué querías que hiciese?ERDOSAIN: No sé.ELSA: ¿Entonces? Quedate tranquilo. Te dejé la ropa limpia.ERDOSAIN: Pero vos, Elsa... ¿vos? ¿Y nuestros proyectos?ELSA: Ilusiones, Remo... esplendores.ERDOSAIN: Sí, esplendores... ¿Dónde aprendiste esa palabra tan linda?ELSA: No sé.ERDOSAIN: ¿Y nuestra vida va a quedar siempre deshecha?
*Los siete locos
Suscribirse a:
Entradas (Atom)