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24 de enero de 2013

Aguafuerte con Arlt

El lunes 12 de enero de 1942, Roberto Arlt sale del edificio de Patentes de Invenciones con sentimientos encontrados. Piensa que ese papel que le acaban de dar en el registro y que lleva en la valija puede marcar el fin de las penurias económicas. Número 53075, el del formulario firmado por el comisario Curto, patente de invención de “un nuevo procedimiento industrial para producir una media de mujer cuyo punto no se corre en la malla”. Piensa que la que terminó ayer fue una semana dura, de corridas, de traspiés económicos que lo dejaron sin un cobre en los bolsillos. Ni siquiera pudo fajarse a cachetazos (los caminos del amor son insondables) con Elizabeth Mary Shine, esa morocha de mirada chispeante y mano tan colérica como la suya que hace poco se convirtió en su esposa. Quiere tener un hijo con Elizabeth, y Roberto sabe que ambos deberán dejar de lado esas trifulcas –por nada y por todo– a las que son tan afectos donde cuadre, así sea en plena calle. Mientras camina como un poseído por el centro rumbo a la estación de tren de Constitución estruja la carta que le acaba de escribir a su hija Mirta y que va a poner en el correo: “Elizabeth y yo, como siempre, lágrimas y sonrisas, besos y patadas. Como de costumbre, somos la piedra del escándalo de las honradas pensiones”. Roberto piensa que si tuviera que definirse para una de esas aguafuertes que ya no escribe más para el diario El Mundo, pondría “esgunfiado”. Y con todo el esgunfie sigue caminando, cabeza gacha, mirando las veredas rotas, comiéndose todo el calor del verano porteño (encima, para potenciar el esgunfie, de un lunes con el saco y la corbata infaltables, la camisa pegada a la espalda empapada).
Hace cuentas: 40 pesos para Mirta; 40 también para Carmen Antinucci, su primera esposa; otros 40 para su madre, Catalina Iopztraibizer, triestina de apellido tan endemoniado como el Arlt de su padre; 30 para la pensión de la calle Olazábal de donde están a punto de echarlo por sus escandalosas peleas. No, no hay guita que alcance. Su amigo Pascual Nacaratti, actor del Teatro del Pueblo, ya puso todo lo que podía poner para alquilar el laboratorio químico de Lanús. En la sociedad Arna (Arlt-Nacaratti), Roberto es el encargado de poner las ideas, desgranar fórmulas enloquecidas y enchastrar el techo cuando los tubos estallan por la presión a la que los somete cuando busca la forma de unir caucho y nylon. Piensa en la carta que acaba de enviarle a Mirta mientras sube al tren rumbo al laboratorio: “Te mando aquí un pedazo arrancado de una media tratada con mi procedimiento. Te darás cuenta que sacándole el brillo a la goma, el asunto es perfecto. Tendrán que usar mis medias en invierno. No hay disyuntivas. Esta media durará por lo menos un año. Su transparencia es notable. Querida Mirtita, tené la seguridad que esto pronto estará en marcha comercial”.
Arlt depositaba toda su confianza en un procedimiento para fabricar medias de mujer cuyo punto no se corría. Lo había registrado en 1934, pero no le había interesado a nadie, ni siquiera a él mismo que, por entonces, era el niño mimado del diario con sus aguafuertes y reunía algunos billetes más por las regalías de sus libros. Libros en los cuales parecía anticipar sus sueños de invención: por ejemplo con Silvio Astier patentando un cañón en El juguete rabioso; Erdosain rompiéndose los cuernos para realizar su alquimia de la rosa de cobre o dibujando los planos de una demencial tintorería para perros en Los siete locos.
En 1941, exactamente el 9 de diciembre, volvió a la carga. En tres carillas mecanografió la memoria descriptiva que en cinco etapas trataba de demostrar la certeza de la fabricación de las medias de mujer que no se corren. Tomó el subte en Chacarita para presentar las tres hojas en la Dirección de Patentes y Marcas del Ministerio de Agricultura. Y volvió a la pensión, como siempre, exultante pero sin poder ocultar una tristeza profunda, con las hojas ostentando el sello de recibidas. Esa misma tarde, al igual que todas las tardes, fue hasta el tallercito de Lanús. Allí, rodeado de un autoclave, un barómetro, una pierna de duraluminio, tachos, tubos y probetas, volvió a desoír los consejos de Pablo Mounier –el vendedor de caucho– para que abandonara esa idea. Esa tarde, mientras guardaba las páginas selladas en uno de los tantos cajones del escritorio manchado y quemado por cientos de fallidos, dejó de escuchar la voz de Elizabeth (sus reiterados reclamos matutinos, “claro, como terminás tus notas en veinte minutos, siempre te queda tiempo para tus locuras y vagabundeos”, y sus burlas nocturnas, “¿qué mujer se va a poner eso, si parece piel de pescado?”) y se enfrascó otra vez en su sueño.
Las páginas que guarda no tienen el tono inconfundible de sus narraciones. Roberto se había puesto como meta convencer, todo sic: “Hasta la fecha se ha tratado de evitar que la rotura de un hilo en la malla determine la destrucción de la media, mediante el empleo de productos gomoso-líquidos. Estos procedimientos no dan resultado, pues si las soluciones gomosas son demasiado espesas, alteran el aspecto estético de la media, y si estas soluciones son muy fluidas carecen de consistencia adhesiva para impedir el deslizamiento de un hilo cuando se rompe. El autor de esta solicitud ha resuelto dicho problema”. En contrapartida con sus ficciones, no convence a nadie. Así y todo, vuelve a experimentar, quizá como una manera de seguir la historia de Astier, de Erdosain, de cada uno de sus tantos personajes.
El 12 de enero de 1942, mientras apoya la cabeza contra la pared del vagón y deja que el viento –caliente, pero viento al fin– de Avellaneda y Gerli le pegue en la cara, Arlt cierra los ojos, recuerda y sueña. Sueña con el hijo que quiere tener con Elizabeth (Lito si es varón; Gema, que él pronuncia como Yema, si es mujer). Recuerda sus visitas a la penitenciaría de Las Heras, y sobre todo recuerda aquella en la que vio cómo fusilaban a Severino Di Giovanni. Sueña con todas las cosas que le comprará a su mujer cuando las medias triunfen en el mundo entero. Recuerda su boda en Pando, Uruguay, donde llegaron tomando un whisky tras otro, acodados con Elizabeth en la borda del Vapor de la Carrera. Recuerda al amigo García Quevedo que les salió de testigo, un español rojo como el demonio que dormía envuelto en la bandera tricolor de la República por si lo sorprendía la muerte. Sueña con su próximo viaje a Córdoba, donde están su madre y su hija. Recuerda los múltiples gritos en forma de consigna con los que se saluda con su amigo César Tiempo: “Cuidado con la tristeza”, “ganemos la batalla por prepotencia de trabajo”, “la solemnidad es la dicha de los imbéciles”, “asistimos al crepúsculo de la piedad en el peor de los mundos posibles”. Sueña con todos sus personajes mirando cómo trabaja, incansable, en el tallercito de Lanús. Sueña que lo aplauden ante las ventajas de su gran invento. Recuerda cómo le gusta dejar que se enfríe el desayuno que les trae a Elizabeth y a él la chica de la pensión cada mañana a las 9. Sueña con una frase que se le presenta una y otra vez para arrancar uno de esos artículos que escribe en 20 minutos para tener la tarde libre para vagabundear y darles tiempo a sus locuras: “Evidentemente, los hombres no eligen sus padres ni sus destinos”. Sueña y recuerda, Arlt, hasta que el tren para en la estación Lanús.
Cuando baja, mira de nuevo la patente de invención Nº 53075, y antes de enfilar hacia el tallercito, repite, con una media sonrisa de costado, canchera, pero triste, unas palabras que hace unos años le inventó a Erdosain: “Ideas me sobran. Ustedes van a salir de esta horrible miseria”.




*De Miradas al sur Año 3. Edición número 138. Domingo 09 de enero de 2011

14 de junio de 2012

Kavafis, Arlt y la imposibilidad de huir

De Sonia Peña

El poema “La ciudad”, del griego Constantino Kavafis se encuentra entre los canónicos de su producción. Muchos críticos ven en estos versos una metáfora del ser, una urbe imaginaria, para otros, Kavafis es el primero en apropiarse de un elemento importante en la poesía contemporánea: la ciudad. Espacio al cual el argentino Roberto Arlt califica de “cárcel de cemento” y cuyo paralelo mexicano lo encontramos en la obra de José Revueltas.
Los versos de Constantino Kavafis y la prosa de Roberto Arlt tienen en común la visión desesperanzada del hombre moderno y su relación con una metrópoli que lo ahoga y de la cual desea huir a toda costa. Dice el primer verso de Kavafis: “Iré a otra tierra, hacia otro mar/ y una ciudad mejor con certeza hallaré.” Esta afirmación es la misma que pronuncia Silvio Astier, el adolescente protagonista de la novela inaugural de Arlt, cuando sueña que con el botín obtenido en uno de sus robos podría vivir como “bacán” y fugarse a ciudades “al otro lado del mar”. El jovencito piensa en “otras” ciudades, porque la que transita ahora como empleado humillado y ofendido le es completamente hostil. Al final de la obra, el precio que paga por la huída al sur, símbolo de purificación y penitencia, es la infame delación de “Judas Iscariote.” El nombre del discípulo traidor –con quien se identifica el personaje– es el estigma que lo acompañará a la lejana Patagonia, tierra mítica y lugar preferido de los prófugos de la ley, según las leyendas que circulaban en los años en los que Arlt escribe su obra. Él mismo se encargará de fomentarlas mucho tiempo después, cuando recorra la región como cronista del diario El Mundo.

Otros versos de “La ciudad” sentencian: “Y muere mi corazón/ lo mismo que mis pensamientos en esta desolada languidez.” Algo semejante piensa Remo Erdosain, protagonista de Los siete locos y Los lanzallamas cuando se repite que está “completamente solo, entre tres millones de hombres y en el corazón de una ciudad”. Sin poder encontrar una respuesta al sinsentido de la vida, Erdosain parece coincidir con Kavafis cuando éste escribe: “Donde vuelvo los ojos sólo veo/ las oscuras ruinas de mi vida/ y los muchos años que aquí pasé y destruí.” El protagonista de Arlt, haciendo un repaso por “las oscuras ruinas” de su existencia se pregunta una y otra vez: “¿Qué he hecho de mi vida? ¿Qué es lo que he hecho de mi vida?”.
En el capítulo La cortina de la angustia, incluido en Los lanzallamas, se observa casi una glosa del poema de Kavafis. Allí, al darse cuenta de la imposibilidad de la huída, Erdosain reflexiona: “A dónde vayas irá contigo la desesperación. Sufrirás y dirás como ahora: ‘Más lejos todavía’ y no hay más lejos sobre la tierra. El más lejos no existe. No existió nunca. Verás tristeza a donde vayas.” Y el griego profetiza: “No hallarás otra tierra ni otro mar./ La ciudad irá en ti siempre/ no hay barco para ti, no hay camino.”
El personaje de Arlt no encuentra salida a la angustia que lo agobia y de la cual no puede escapar, porque la misma ciudad por la que transita es la que le trasmite el “asco” de la vida y “la náusea” de la pena, como una enfermedad incurable, un “cáncer” del que ya no puede deshacerse, por eso Erdosain quiere “escaparse de la civilización; dormir en el sol de la noche, que gira siniestro y silencioso al final de un viaje, cuyos boletos vende la muerte”, único medio de escape de una Buenos Aires a la cual Silvio Astier califica de “babilónica”. Babilonia que a principios del siglo XX es la ciudad latinoamericana que recibe la mayor cantidad de inmigrantes europeos y –por lo tanto– también Babel donde se confunden lenguas, culturas y costumbres en una urbe en vertiginoso crecimiento. Calles porteñas que abrigan un lumpen que se desplaza en ellas como pez en el agua y le saca “viruta al piso” en las cantinas de mala muerte, donde “ruge lastimero el tango carcelario”.
Una ciudad caótica en pleno crack de Nueva York, en pleno apogeo migratorio y en vísperas de un golpe de Estado es la que muestra Arlt en sus novelas. Pero también se desprende de su personaje central la angustia que contagia al lector, y se aferra a su cuerpo como la misma humedad del Plata: “¿Qué he hecho de mi vida?” es la insistente pregunta que recorre las obras y cuya respuesta es extrema, porque “los seres sórdidos de la ciudad tienen dos opciones: la cárcel o el manicomio”. Erdosain se dispara directo al corazón para terminar con la relación ciudad/angustia que lleva aferrada a su cuerpo como una náusea insoportable, porque él concluye –al igual que Kavafis– que: “La vida que aquí destruiste/ la has destruido en toda la tierra.” El final de la novela de Arlt, la fuga del Astrólogo y de la prostituta hacia un lugar incierto es otra metáfora de la esterilidad de la huída, pues el Astrólogo es el hombre castrado.
Tanto en el poema de Kavafis como en los textos de Arlt se observa la paradoja del hombre “moderno”, que Marshall Berman define como “el amor-odio” a las grandes metrópolis. En ambos autores la evasión es inútil, pues el desasosiego del hombre citadino no se origina en el trajín y el desgaste cotidiano, sino en la angustia de la existencia y el sinsentido de la vida. Si bien en Arlt los personajes buscan siempre un escape (el sur de Silvio Astier, la Patagonia del Buscador de Oro, la chacra del Rufián Melancólico, el desierto de Ergueta) todos fracasan porque ya están “contagiados” de la angustia de la existencia que les provoca el “asco” y la “náusea” de la vida. En Kavafis la solución tampoco está “al otro lado del mar” porque, ya sea en una isla desierta o en la ciudad más grande del mundo, la desdicha del ser es una y la misma.
Estas obras son ejemplo de que la literatura es el oráculo más acertado –y el mejor psiquiatra– al que de vez en cuando vale la pena consultar, pues quién de nosotros no ha repetido iluso: “Iré a otra tierra, hacia otro mar”…


La ciudad de Constantino Cavafis