Mostrando entradas con la etiqueta extra. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta extra. Mostrar todas las entradas

16 de abril de 2013

"Arlt en dos" en el Museo del Libro y de la Lengua

Un recorrido narrativo por las novelas Los siete locos y Los lanzallamas y por la figura de su autor, Roberto Arlt, comienza mañana en el Museo del Libro y de la Lengua, una doble muestra lúdica-interactiva que invita a explorar a uno de los escritores más disruptivos de la literatura argentina.


Ergueta: Rajá, Turrito, rajá
Ergueta: Rajá, Turrito, rajá

"En Arlt —adelanta a 
Télam la directora del Museo, María Pía López— hay un uso muy particular del idioma. Para él la lengua no es de los lingüistas ni de los gramáticos es propiedad de un pueblo que la transforma. Arlt es la figura del escritor plebeyo y democratizante respecto de la cultura".

Desplegada por el subsuelo, la planta baja y el segundo piso de edificio anexo a la Biblioteca Nacional, la exposición, de doble carácter, uno dedicado a las dos novelas claves de la literatura argentina y otra a la trayectoria del escritor, propone un acercamiento a Roberto Arlt desde sus particulares personajes, que indirectamente desprenden guiños sobre su creador.

Hipólita
Hipólita
La primera cara de la muestra, "Locópolis" se sumerge de lleno en el mundo de Los siete locos(1929) y su continuación, Los lanzallamas(1930), dos novelas que pueden ser leídas como comedias o tragedias, como relatos de aventuras, desdichas y conspiraciones. Todo depende de quién lo mire.

A partir de esa idea de la perspectiva del observador, la exposición propone recorrer la narrativa arltiana desde la lógica de sus personajes, Remo Augusto Erdosain y el Astrólogo, la primera más vinculada a la humillación y la angustia, mientras que la segunda refiere a la conspiración, la mezcla ideológica.

Así, a través de los personajes ("desesperados, locos, inmorales oportunistas"), el espectador —incluso el que no leyó a Arlt— podrá reconocer las escenas literarias con interacciones ocurrentes, proyecciones, lecturas y propuestas lúdicas como el juego de la oca que tiene como protagonista a Erdosain.

Barsut
Barsut
 Este constante diálogo con personajes, escenas y fragmentos, urge  "al visitante a leer la novela, como un espacio divertido donde sí pasan cosas. Nos alejamos del libro como objeto y del mero análisis literario, tratamos de convertir en lectores a personas que no llegan con el texto leído. De ahí la idea de tomar como eje a estas novelas centrales de la cultura argentina", explica.

En "Cross a la mandíbula", la segunda parte de la muestra, se recupera el multifacetismo literario de Arlt (autor de cuentos, obras de teatros, crónicas); su rol como escritor y se exhiben primeras ediciones de sus obras así como sus aguafuertes en los diarios de la época, donde retrata a sus contemporáneos y refleja su compromiso político.

"Arlt no actuó desconociendo el poder de la palabra, él fue consciente de eso", desliza la directora sobre este escritor  irónico y filoso, hijo de inmigrantes lituanos nacido con el nombre de Roberto Godofredo Cristophersen un 26 de abril de 1900.

Astrólogo
Astrólogo
 La tradición arltiana está atravesada, estima López, por "el uso particular del lenguaje, que no resistiría ningún corrector de estilo: inventa palabras, las desvía, construye verbos a partir de sustantivos, todas invenciones interesantes como procedimientos lingüísticos y las hace con una osadía increíble. Es una filigrana que ocupa hoy un lugar central en la literatura contemporánea y en la cultura argentina".

Y de ahí, el paralelismo con su personaje más íntimo, él mismo. "Arlt era un hombre torturado, angustiado y también con una capacidad inventiva muy grande, siempre estaba planeando algo. Todo el tiempo está inventando formas alternativas para su propia vida con mucha voluntad".

Al igual que él, su contemporáneo Horacio Quiroga, cuenta López, es "de los primeros escritores profesionales en la Argentina, que viven estrictamente de escribir, y los dos están buscando algo que los salvé de la escritura como yugo, se la pasan tratando de inventar negocios cuando lo que saben es escribir y lo hacen muy bien".

Roberto Arlt, "escritor condenado" que busca en la invención y el negocio (como cuando en 1942 patentó unas medias cuyo punto no se corría en la malla, con poco éxito) un golpe de suerte, "está fastidiado, no quiere escribir más. Tiene necesidad de inventar algo para zafar del dinero", similar a su personaje Erdosain, cuya imaginación desbordante lo lleva a inventar la tintorería para perros y el más central, la rosa de cobre.

 Acerca de las matices autobiográficas, López advierte "es problemático" porque, explica "era muy consciente de que todo texto autobiográfico es parte de una ficción, entonces los pocos de este tipo son muy mentirosos. Si uno compara la autobiografía ficcional del propio Arlt (sobre todo en las aguafuertes) y la de sus personajes se parecen, pero él está construyendo las dos cosas".

Eustaquio Espila
Eustaquio Espila

En el segundo piso de la muestra, con un tinte más bibliográfico (vitrinas exhiben ediciones de novelas, cuentos, aguafuertes), el espectador podrá llevarse un Arlt sellado de una minerva de pedal, un instrumento de impresión que aparece en 
Los Sietes Locos.

Desde el año pasado, que se cumplieron 70 años de su muerte, los derechos de autor de Roberto Arlt son de dominio público. Para celebrarlo, el Museo del Libro y de la Lengua editará una reproducción de la primera edición de Los siete locos, publicada originalmente en 1929.

Escenas de la novela argentina: Arlt por Piglia

*De Télam

10 de enero de 2013

El 2013 es arltiano



LITERATURA › LA OBRA DE ROBERTO ARLT PASÓ A SER DE DOMINIO PÚBLICO

Aguafuertes para celebrar

Ya cumplidos los setenta años de la muerte del autor, ahora cualquiera puede publicar o compartir sus textos sin pagar derechos. Y como para certificar que 2013 será arltiano, por primera vez serán compiladas sus Aguafuertes cariocas.

 Por Silvina Friera
En el mar revuelto de la memoria, la afinidad de los recuerdos funda un nuevo orden alfabético con los apellidos de los escritores que vuelven bajo la confortable oleada del dominio público. Tarde o temprano, el tiempo ofrece la chance de reconstituir los puentes que el olvido, la omisión o el ninguneo intentaron borrar o quebrar. La mirada del flâneur –la de miles de lectores que como topógrafos se entregan a la dicha de transitar y descifrar cientos de páginas como si estuvieran en sus casas– tiene motivos para celebrar el inicio de la temporada. “Comienzo por declarar que creo que para vagabundear se necesitan excepcionales condiciones de soñador. Ya lo dijo el ilustre Macedonio Fernández: ‘No toda es vigilia la de los ojos abiertos’”, se lee en una de las Aguafuertes porteñas. “Ante todo, para vagabundear hay que estar por completo despojado de prejuicios, y luego ser un poquitín escéptico, escéptico como esos perros que tienen mirada de hambre, y que cuando los llaman menean la cola, pero en vez de acercarse se alejan, poniendo entre su cuerpo y la humanidad una considerable distancia.” Después de transcurridos setenta años de la muerte de Roberto Arlt (1942), todas sus obras podrán ser reproducidas sin que medie restricción o derecho de autor alguno. Este será un año arltiano en el que se augura un gran batacazo: la publicación por primera vez de cuarenta crónicas cariocas, nunca antes reunidas en un libro, que el autor de Los siete locos escribió a principios de la década del ’30 del siglo pasado en Río de Janeiro.
La trama se repite. El tiempo de la espera concluye. Aunque los nombres cambien. Los Reyes Magos dejan por anticipado sus regalitos en los zapatos de los lectores. Arlt no es el único “caso” para celebrar. El listado de obras que ingresan al dominio público incluye a varios narradores y poetas: Miguel Hernández (España), Robert Musil (Austria), Irène Némirovski (Rusia), Bruno Schulz (Polonia), Stefan Zweig (Austria), Porfirio Barba Jacob (Colombia), José María Eguren (Perú) y Jorge Cuesta (México), entre otros. Todos los primeros de enero varias obras empiezan a formar parte de este “shock póstumo” de tiempo ilimitado que permite que una constelación textual esté disponible sin pagar derechos. La propiedad intelectual en Argentina –como en los países miembros de la Unión Europea, Brasil, Israel y Rusia, entre otros– tiene vigencia por setenta años a partir del primero de enero del año siguiente a la muerte del autor, según dispone el artículo quinto de la ley 11.723. El año pasado ingresó a esta categoría la obra de Virginia Woolf. Varias editoriales argentinas como La Bestia Equilátera y Cuenco de Plata aprovecharon la ocasión para poner en circulación La muerte de la polilla y otros ensayos, Freshwater, única pieza teatral de escritora inglesa; Flush y Un cuarto propio, entre otros títulos. En 2008, la obra de Horacio Quiroga, uno de los mayores cuentistas del Río de la Plata, entró en esta suerte de paraíso en la tierra para editores y lectores.
Las bondades del dominio público, enhorabuena, pueden ser capitalizadas por lectores y usuarios que quieran subir y compartir, nuevas tecnologías mediante, Los siete locos, El juguete rabioso, Los lanzallamas o El amor brujo, por citar algunos títulos de Arlt que ya están callejeando por el amplio espacio virtual, circulando de pantalla en pantalla, a tan sólo un click de distancia para descargar. Los devotos del libro impreso, aquellos que observan los e-books aún con ciertas prevenciones, tendrán su revancha en papel. Entre las novedades editoriales del año, no podía faltar un auténtico Arlt inédito: cuarenta crónicas nunca antes reunidas en un libro, fechadas entre el 2 de abril y el 29 de mayo de 1930. Adriana Hidalgo publicará Aguafuertes cariocas, compilado y prologado por Gustavo Pacheco. Después del impacto que tuvieron las Aguafuertes porteñas que publicaba cotidianamente en El Mundo, Carlos Muzio Sáenz Peña, el director del diario, le ofreció al escritor la oportunidad de viajar por América del Sur para escribir notas de viaje. En abril de 1930 llegó a Río de Janeiro, donde permaneció durante dos meses. Las crónicas que escribió desde esa ciudad nunca fueron publicadas antes, con excepción de tres textos: “¿Para qué?”, “Pobre brasilerita” y “Espérenme, que llegaré en aeroplano”.
En el estudio introductorio de las Aguafuertes cariocas, maravilla que el lector pronto tendrá entre sus manos, Pacheco afirma que es sorprendente que no hayan sido reunidas hasta ahora y que sean prácticamente desconocidas. “Tanto desde el punto de vista literario, como desde la perspectiva histórica o sociológica, los textos escritos por Arlt en Río de Janeiro están a la altura de lo mejor de su producción periodística. Por tratarse de las primeras crónicas que escribió fuera del país, las aguafuertes cariocas funcionan también como laboratorio para las notas de viaje que escribió después, a lo largo de su carrera”. Pacheco encuentra en estos textos “un retrato muy franco y personal” del Brasil de la década del ’30, además de un “cambio gradual en las impresiones de Arlt” a lo largo de su estadía brasileña. “Las primeras notas, que enaltecen a Río y a sus habitantes, dan lugar a textos cada vez más críticos y cáusticos, en los cuales Buenos Aires y la sociedad argentina aparecen como el contrapunto moderno y civilizado respecto del atraso en que se encontraban Brasil y su capital de entonces. Se revela así un Arlt muy diferente del narrador cínico y pesimista de la realidad porteña; un Arlt, como él mismo dice, ‘argentinófilo’, orgulloso de su ciudad natal, y que advierte que ‘es necesario haber vivido en Buenos Aires y después salir de ella para saber lo que vale nuestra ciudad’. Arlt escribe lo que quiere y como quiere, incluyendo opiniones abiertamente prejuiciosas, racistas y sexistas”, plantea Pacheco. Bienvenidas sean, entonces, las parrafadas políticamente incorrectas de un autor crucial que todavía puede ensayar distintas variantes en el peliagudo arte de incomodar.

11 de diciembre de 2012

"Vivía satisfecho de ser un escritor"

Mirta Arlt dice que se ha exagerado al retratar como un ser torturado al creador de joyas como Los siete locos y El juguete rabioso
 
En primera persona. Mirta fue docente universitaria
y periodista, y ahora escribe una biografía
sobre su padre. Foto: Emma Livingston
Hace 70 años fallecía Roberto Arlt, uno de los más destacados autores de nuestra literatura. Tenía apenas 42 años cuando murió y en esa corta vida, esa vida puerca, como alguna vez pensó en llamar a su novela emblemática, El juguete rabioso, se erigió como una voz popular de nuestra narrativa y en un virtuoso cronista-escritor que con sus aguafuertes cambió el curso del periodismo gráfico.

Su única hija, Mirta, trabaja en una propia biografía de Arlt, un autor alrededor del que se erige la fama de artista maldito y torturado. Mirta tuvo a cargo la cátedra de Literatura Inglesa en la UBA y fue una destacada periodista para publicaciones nacionales y extranjeras.

Genio y figura, su padre pensaba a través de Silvio Astier, el protagonista de El juguete rabioso: "Lo que yo quiero, es ser admirado por los demás, elogiado por los demás. ¡Qué me importa ser un perdulario! Eso no me importa. Pero esta vida mediocre. Ser olvidado cuando muera, esto sí que es horrible. ¡Ah, si mis inventos dieran resultado". Aquel anhelo hoy es un hecho y la ficción superó el deseo y se convirtió en realidad.

Está escribiendo una biografía sobre su padre. ¿Qué aspectos quiere destacar en ella? ¿Está de acuerdo con las otras biografías escritas sobre él? [El escritor en el bosque de ladrillos , de Sylvia Saítta, y Roberto Arlt, el torturado , de Raúl Larra.]

Quiero destacar la relación del hombre escritor que era mi padre con su hija, relación que abarca tres momentos: la relación personal de padre e hija, propiamente; yo, como lectora de mi padre, y luego como lectora formada en mi profesión de letras. Cada biógrafo hace su lectura y agradezco las de Saítta y las de Larra, que reflejan la formación y personalidad de cada uno en particular, informando y manifestando los aspectos que a sus criterios lo convierten en valioso.

¿Por qué se lo lee más ahora que cuando estaba vivo?

La posteridad de un escritor depende del encuentro con sus lectores. Los de mi padre se reconocen hoy en el escritor que atrapado en los límites de una clase, cuyos valores y formas rígidas se ve continuamente obligado a rechazar, los representa en la literatura. Otra causa es que mi padre fue anticipadamente ese hombre universal cuyos rechazos y reflexiones coinciden con el que, abandonado por la gracia del Dios de la cristiandad, desobedece las convenciones sociales convertidas en leyes aún vigentes en la tercera década del siglo XX y no han encontrado aún reemplazo.

¿Cuál es el mayor legado que ha dejado su padre a la literatura argentina?

Su legado es el de ser un escritor locuaz, con bastante seducción, y haber empleado un lenguaje propio que le permitió hacer con sus novelas una constante epifanía, es decir, hacer que las palabras emanen el epicentro de lo que el escritor descubre a través de personajes locutores, acosado por la angustia, de experiencias y anticipaciones existencialistas.

Hay una imagen o mito de su padre como escritor torturado, atormentado e incomprendido. ¿Qué piensa de ella?, ¿está de acuerdo?

Creo que se ha exagerado, porque mi padre vivía tan convencido de sus valores exclusivos y tan satisfecho de ser un escritor que solía repetirme, complacido por algo que acababa de imaginar: "Mirtita, tu padre es un genio".

En sus Aguafuertes aparece una mirada de escepticismo hacia la clase política, al menos eso señala la crítica. ¿Cómo imagina que interpretaría los hechos de la Argentina actual?

No me atrevo a atribuirme sus pensamientos. Aunque los imagino como anticipatorios de la segunda Revolución Francesa.

¿En qué sentido?

Se barrió con el derecho divino de los reyes. Se barrerá con lo que lo reemplaza como poder omnímodo, como aceptación de que Dios creó a los ricos en sus castillos y a los pobres a sus puertas.

¿Usted enseñó algún texto de su padre?

Cuando los militares me decretaron cesante en todas mis cátedras de Lengua y Literatura Inglesa, el rector de la UBA me ubicó como adjunta de Literatura Argentina con el Dr. Ara, y cuando llegamos de mi padre no se dio un solo texto, sino que se analizó su obra en su totalidad.

Todo texto es autobiográfico, dicen muchos autores. En ese caso, ¿qué personaje considera que se parece más a él? Muchos profesores de literatura argentina señalan puntos en común entre Silvio Astier (también aparece allí un intelectual que lo guía, que es Conrado Nalé Roxlo) y su padre.

El autor es siempre enunciador y enunciado, es decir, el que escribe y el personaje. Algunos personajes traen más sobrecarga del autor que otros. Silvio Astier es la adolescencia y primera juventud de mi padre. Erdosain trae mayor sobrecarga del autor que Espila, por ejemplo. Pero el caudal social que se manifiesta es la época, que en la novela expresa lo que la historia calla simplemente porque su ojo no lo ve, y si lo ve no sabe revivirlo, porque eso lo hace el arte.

¿Hablaba con su padre de literatura?

No. La literatura estaba presente porque era lo que manejaba mi padre desde que se levantaba. Mi padre no me hablaba específicamente de literatura ni me estimulaba para que yo escribiera. Prefería que yo fuese ingeniera industrial, porque me permitiría dejarlo morir sabiendo que yo podría ganarme la vida. Además, la literatura femenina no le resultaba de interés; "el mundo de las mujeres es muy chico", me decía.

¿Cuál es el consejo más importante que le dio?

Ser económicamente independiente [más allá de estar] casada, soltera, viuda o divorciada.

¿Le pesa llevar un apellido tan significativo para la cultura y la historia de nuestro país?

No me pesa ahora que estoy muy mayor. En realidad no he sufrido necesidades económicas, pero he tenido la suerte de trabajar con gente que no sabía de qué origen era mi apellido, como sucedió cuando daba clases de inglés y durante mi temporada de secretaria de la corresponsalía de la revista Time & Life en Buenos Aires hasta 1955.

¿Cómo era él como padre? He leído que la apoyó mucho para que siguiera sus pasos.

Como padre era un ser convencido de que mi destino glorioso se cumpliría como el de Antígona. Constantemente repetía: "Serás el báculo de tu anciano padre, Mirtita".

*Publicado en la edición impresa de La Nación de 09 de diciembre de 2012

3 de septiembre de 2012

Evocan a Arlt los vecinos del barrio de Flores


Aspiración: solicitan que sea declarada monumento histórico una casa en la que el escritor vivió con sus padres.

"En nuestros tiempos no son muchas las personas de buena memoria. Salvo, desde luego, en Flores", observó Alejandro Dolina en uno de sus cuentos. La gente de ese barrio porteño, en efecto, recuerda en especial a un ilustre ex vecino: Roberto Arlt.
Hoy, los vecinos de Flores piden más: que la casa de Roberto Arlt sea declarada monumento histórico nacional. Sin embargo, los actuales habitantes de esa residencia se resisten. No quieren fotos ni publicidad: sólo les interesa vivir tranquilos.
Según los vecinos, el escritor habría vivido por épocas, a partir de 1926, en la casa de sus padres: una vieja casona ubicada al 2200 de la calle Yerbal, entre Caracas y Gavilán.
Karl Arlt, su padre, y Ekatherine Lobstraibitzer, su madre, habitaban uno de los 102 departamentos de un edificio de tres pisos, construido en 1926 por la Unión Popular Católica Argentina para gente humilde.

CONTRA LAS CIRCUNSTANCIAS

En los años 20, por iniciativa de monseñor Miguel De Andrea, un grupo de familias con recursos colaboró en la construcción de ese lugar, que ocupa una manzana y todavía conserva escaleras de mármol con balaustradas y patios internos poblados de plátanos, gomeros y palmeras.
Hace diez años, ese edificio fue reconocido como "Testimonio de la memoria ciudadana" por el Museo de la Ciudad, dependiente en ese entonces de la Municipalidad de Buenos Aires, por haber mantenido su carácter y decoración original.
Este escritor, que sobrevivió a la pobreza y a su padre, que solía pegarle cuando era chico, escribió cuatro novelas -"El juguete rabioso", "Los siete locos", "Los lanzallamas" y "El amor brujo"- , media docena de obras teatrales, 70 cuentos y cerca de 1200 artículos periodísticos.
En el prólogo a "Los lanzallamas", Arlt confesó: "ºCuántas veces he deseado trabajar una novela que, como las de Flaubert, se compusiera de panorámicos lienzos! Mas hoy, entre los ruidos de un edificio social que se desmorona inevitablemente, no es posible pensar en bordados".
Tanto Arlt como otros artistas que pasaron por Flores eran "gente de poco nivel adquisitivo y muy bohemia, que vivía seis meses en un lugar y seis en otro", contó Carlos Demarco, presidente de la Asociación Vecinal de Flores.
Según Demarco, en ese barrio también vivieron Alfonsina Storni (Terrada 578); Bonifacio del Carril (San Pedrito 258); Baldomero Fernández Moreno(Francisco Bilbao 2384); Agustín Magaldi (Artigas 262); Celedonio Flores (Bonifacio 2011); Libertad Lamarque (Directorio y Lautaro) y Julio Cortázar (sobre la Av. Rivadavia).

SIN MIEDO AL TRABAJO

Hijo de padre alemán y madre austríaca, Roberto Arlt nació en 1900, en un hogar de inmigrantes de Flores. No tardó mucho en descubrir su vocación."Todavía iba a la escuela primaria cuando me agarró el berretín de la literatura. Tragaba libros y vomitaba cuentos", confesó el escritor en una ocasión.
A los nueve años abandonó el colegio primario y a los 16, su casa, para vender libros viejos. "El futuro es nuestro, por prepotencia de trabajo" era la filosofía de alguien que fue dependiente de librería, aprendiz de hojalatero y de pintor, mecánico, vulcanizador y corredor, director de una fábrica de ladrillos, que trabajó en el puerto e insistió en ser escritor.
Arlt se casó en Córdoba con Carmen Antinucci y tuvo a su hija Mirta, también escritora. A los 28 años, de regreso en Buenos Aires, trabajó en el diario El Mundo, donde publicó hasta su muerte una columna diaria titulada "Aguafuertes porteñas", luego convertida en libro.
En 1941 se volvió a casar en el Uruguay, con Elizabeth Shine, y con ella tuvo un hijo que llevó su mismo nombre. Sin embargo, Arlt no llegó a conocerlo: murió en julio de 1942. 

*Lunes 26 de enero de 1998