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31 de octubre de 2012

Trescientos millones

GALÁN: ¿Usted propone que nos engañemos y nos mintamos?

SIRVIENTA: Propongo que nos digamos verdades.


GALÁN: Tendríamos que decir enormidades. No insista.


SIRVIENTA: Dígalas.


GALÁN: ¿Las digo?


SIRVIENTA: Dígalas.


GALÁN: Bueno: me revientan todas las mujeres, empezando por usted… me revienta la forma como besan, la comedia que hacen… me revientan porque todo el placer que proporcionan no valen los taxis que uno tiene que pagar para ir de un hotel a otro… (transición) perdone, me parece que la he ofendido.


SIRVIENTA: No, pero he descubierto que usted es un cínico.


GALÁN: Es un elogio, se lo agradezco. Si, soy cínico y desvergonzado y además, me gusta serlo. En cuanto dejo de ser cínico se me oprime el corazón… me ataca el asma… ¿Ve? (respira con dificultad) Conozco los mil gestos que hay que hacer para engañar a una tonta: la sonrisa diluida, la mirada sombría, y en el fondo de mí mismo, la burla hacia la inconsistencia humana.


SIRVIENTA: ¿Qué mujeres le gustan a usted?


GALÁN: Las bien vestidas. No importa que sean feas, siempre que estén bien vestidas.
La mujer no es más que un vestido, una piel y un sombrero.

*de Trescientos millones (1932)