¿Ha visto usted un tigre en una jaula? [...] En cuanto el destino se descuida, la fiera de un gran salto traspone la muralla, y ya no lo alcanzan mas”.
29 de enero de 2013
Ven, mi ama Zobeida quiere hablarte
-¿Te llevaré a visitar el palacio de El Menobi?
-No.
-¿Y el palacio de Hach Idris ben-Yelul?
-No.
-¿No deseas conocer una joven de ojos de luna y rostro de diamante?
-No.
-Por Alá -gimió el lameplatos-. ¿No quieres nada entonces?
Piter se irguió ligeramente ante el mármol de la mesa, miró indulgente al desarrapado belfudo que, con un fez ladeado sobre la rapada cabeza hacía un cuarto de hora que estaba allí importunándole, y le respondió:
-Sí, quiero que me dejes en paz.
El guía miró cavernosamente en rededor satisfecho de que en el Zoco Chico no se encontrara alguien que podía perjudicarle, y confió:
-Pues cuídate de ese hombrecillo que te acompañaba ayer. Le ha dicho a un mercader de mi amistad que has envenenado a tu mujer.
Piter miró cómo la magra silueta del guía se alejaba, perdiéndose tras los tumultos de bobalicones que se movían frente a la ochava del correo inglés.
¿De modo que la historia había corrido? Ahora se explicaba las significativas miradas de la criada del hotel, y la respetuosa aprensión del hotelero hacia sus maletas. No había sido suficiente abandonar El Havre. La absurda novela del envenenamiento de su mujer le había seguido hasta Tánger. Inútil que le absolvieran de la disparatada acusación. En la ciudad no creían en su inocencia. La muerte de su mujer volcó sobre su cabeza dificultades innumerables. Y lo más desdichado del caso es que él estaba seguro de que ella no había intentado suicidarse, sino componer una farsa dramática que se resolvió siniestramente por sí misma.
Buscando la paz, el médico dio un salto hasta Tánger. Sabía que los hombres de la costa no eran hipócritas como sus conciudadanos, pero a pesar de todo no resultaba agradable llevar a las espaldas semejante reputación. Y volvió a preguntarse si se quedaría en Tánger o marcharía a Casablanca o Fez, porque por el momento los señorones del Biti el-Mal no parecía que tuvieran intención de ocuparle. Sin embargo, algunos lo saludaban. Su historia debía andar en todas las bocas.
Piter no experimentó angustia. En aquella ciudadela amurallada, de calles tortuosas, de sinagogas sombrías de mezquitas con ciegos en los pórticos y de freiduría de pescado, en cierto modo era ventajosa una mala reputación. En África, sin honradez, se puede llegar a alguna parte.
Un asno pequeño se detuvo junto a su mesa. Piter le acercó un terrón de azúcar al hocico. El animalito lo recogió alargando el belfo. De pronto apareció un campesino que espantó al jumento con grandes movimientos de brazos. Una muchedumbre cubierta de verticales colores cruzaba el zoco de ed-Dajel. Mujeres con pantalones y fumando largas boquillas. Funcionarios con turbante violeta, esclavos de piernas desnudas, aguateros con un odre suspendido a un costado, niños de tahona cargando una tabla con panes sobre la cabeza.
Una negra gigantesca como tres barriles encimados se detuvo brevemente a su lado. Tenía el rostro cubierto con un paño blanco. Le dijo al tiempo que se inclinaba como recogiendo algo del suelo:
-¿Tú eres el médico? Mi ama Zobeida quiere hablarte. Sígueme.
La negra se alejaba sin volver la cabeza. Piter comprendió que tras la invitación de la esclava se ocultaba una aventura de consecuencias. Dejando un real español en la mesa del bar, se lanzó en persecución de la mujer. Semejante a una fragata, la negra avanzaba por la empinada callejuela de los Plateros. Algunos mercaderes, sentados con las piernas cruzadas sobre cojines a la puerta de sus tenderetes, la saludaban conceptuosos. Al llegar a una fuente, la negra entró en un corredor enyesado de celeste. La noche caía rápidamente. La esclava, imperturbable como el destino, seguía su marcha a través del dédalo de pasadizos y Piter andaba tras ella como si en esto le fuera la vida.
Finalmente entraron en una callejuela resplandeciente. En cada portal un desarrapado freía pescado o vendía canela. La callejuela, techada con gruesos troncos de árboles, estaba cargada de una atmósfera de especias, de queso y cuero en fermentación.
Hombres de todas las tribus del Magreb se arrimaban a los mostradorcillos. Las mezquitas mostraban tremendos pórticos donde hormigueaban los fieles; en una esquina dos juglares se batían con espadas de madera estimulados por una multitud de desarrapados. La negra desapareció en la curva de un pasadizo. Nuevamente se encontraba ahora bajo el cielo estrellado. En aquel corredor solitario se veían inmensas puertas claveteadas como la poterna de una fortaleza, y la esclava extrajo una llave de dos palmos de largo de debajo de su manto y se detuvo frente a una puerta. Piter, como si estuviera soñando, la siguió.
Se encontraban en un jardín. El aire estaba rayado por los negros troncos de las palmeras. Una gran fragancia de azahares lo llenaba todo. La esclava desapareció y de pronto, bajo el enyesado abierto al jardín, apareció Zobeida. La cabeza cubierta por un velo, la estatura sorprendente, el rostro de cutis oscuro, aniñado.
-¿Tú eres el médico? -susurró la mujer.
-Sí.
-Entra.
Piter se encontró en una habitación esterillada, el suelo alfombrado cubierto de almohadones. Pequeñas mesitas laqueadas de rojo ponían al alcance de la mano chucherías de bronce. El aire aromatizaba simultáneamente a sándalo, a jazmín, a incienso y azahar. Piter se sentía embriagado de una esencia misteriosa más sutil, que parecía flotar permanentemente bajo el volumen de los olores inmediatos. Espingardas de cañones niquelados y culatas con incrustaciones de nácar adornaban las panoplias de los muros. Zobeida le mostró un cojín y Piter se sentó al mismo tiempo que ella. La muchacha cogió un estuche de plata y le ofreció un bombón.
Tenía olor de almizcle, sabor de grasa, frialdad de menta. La muchacha se quedó mirándolo largamente, como si aquilatara sus malas virtudes. Luego:
-¿Tú eres el médico que envenenó a su mujer?
-¿Quién te ha dicho esa mentira? -replicó con suavidad Piter.
Zobeida sonrió. Lo examinaba con tremenda confianza.
-Eres hermoso como la buena suerte. ¿Te gustan las piedras preciosas?
Tomó un cofrecillo de marfil, hizo girar la llavecita, levantó la tapa. En un fondo aterciopelado centelleaban pequeños cristales azules, gemas de biseles amarillos, poliedros de agua.
Piter, completamente desinteresado del cofrecillo, pues no entendía de piedras preciosas, lo apartó suavemente.
-¿En qué puedo servirte?
Zobeida dejó la arqueta y con aquella inmensa intimidad que emanaba de su modo de ser, como si hiciera mucho tiempo que lo conociera a Piter y no dudara de su discreción en los tratos, dijo:
-Necesito un veneno bondadoso como una enfermedad.
-¿Qué harás con él?
-Dárselo a beber a mi marido.
-¿No te agrada tu marido?
-No.
-Yo no puedo darte veneno. Las leyes me lo prohíben. Además te descubrirían y te llevarían a la cárcel. O tu padre, para lavarse de la deshonra, se vería obligado a cortarte la cabeza.
Zobeida se rió.
-En Tánger ya no se corta la cabeza a las mujeres. Te daré un gran puñado de piedras.
-No me interesan las piedras. ¿Quién es tu marido?
-Sidi Fodil, el cambista del Zoco Chico.
-No le conozco.
-Es un mal hombre, de genio vivo. Tiene una joroba en la espalda y un turbante más grande que una piedra de molino en la cabeza.
-No le conozco.
-Ayúdame, tú que tienes la sabiduría. ¿No te soy agradable?
-Es inútil que me insistas, Zobeida.
Ella no se resignaba a no cumplir su deseo. Tomando una rodilla entre sus manos, buscó otro rumbo.
-Embrújale, entonces.
-¿Que le embruje?
-Sí.
Piter iba a negarle la existencia del embrujo, pero pensó que su pretensión iba desencaminada. Ella no entendería sus razones. Fingió.
-¿Qué me darás si lo embrujo?
-Me casaré contigo. Tú me llevarás a Francia, y me enseñarás a leer y escribir como saben todas las francesas. Entonces podré salir a la calle sin cubrirme el rostro.
-¿Cómo sabes que soy médico?
-Se lo dijeron a Aischa en el ed-Dajel cuando tú pasaste la otra noche. Que te escapaste de tu país porque envenenaste a tu mujer.
Piter trató de mirar al fondo de aquellos ojos verdosos.
-¿Te gustaría casarte conmigo?
-Sí.
La negra entró en la habitación. Zobeida le dijo al médico:
-Aischa ha sido mi nodriza.
La esclava habló algunas palabras en árabe con su ama.
Zobeida se puso de pie.
-Tienes que irte. ¿Es cierto que embrujarás a Sidi Fodil?
-Sí. Mañana mismo.
-Bueno; ahora vete. Mañana, Aischa pasará por ed-Dajel a la hora de hoy. Síguela. No le hables.
Y extendiendo sus brazos se colgó de su cuello y le besó las mejillas.
Cuando Piter escuchó que la puerta se cerraba tras él tuvo la impresión de que acababa de despertar de un sueño. Echó a caminar como si anduviera sobre un suelo de algodón. De pronto, de debajo de un arco se desprendió el guía que lo había importunado en el zoco. Como siempre, comenzó:
-¿Quieres visitar el palacio de Hach Idris ben-Yelul?
-No. Llévame al Zoco Chico.
Al día siguiente marchó hasta el zoco para conocer a Sidi Fodil. En el ed-Dajel no podían traficar simultáneamente dos mercaderes jorobados.
Comenzó a pasearse lentamente, cuando descubrió que un jorobadito, sumamente tieso en la puerta de su comercio, lo observaba. Gastaba, como le había dicho Zobeida, un turbante ridículo.
Piter continuó paseándose por la ancha calle que conducía a las murallas; luego, sin ningún propósito deliberado, volvió sobre sus pasos y se detuvo frente al comercio del prestamista; pero, al entornar disimuladamente los ojos, se encontró con que el jorobadito lo estaba mirando. Entonces, rápidamente, le mostró la lengua. El prestamista desencajó los ojos; pero Piter, divertido, volvió la cabeza con gravedad hacia otro lado, y el jorobadito se quedó mirando de reojo como si dudara de lo que realmente había visto. Así pasaron algunos minutos. Piter parecía estar aguardando a alguien. De pronto volvió la vista; el jorobadito estaba allí observándolo, y entonces otra vez le mostró un palmo de lengua.
El prestamista enrojeció de furor hasta la raíz de los cabellos, se enderezó hasta empinarse sobre la punta de los pies, pero luego, pensándolo mejor, resolvió no darse por aludido, y mientras gruesas gotas de sudor le bajaban por las sienes, aparentó mirar a su alrededor, como si no reparara en la existencia de Piter. Este, nuevamente grave, permaneció en la esquina. Sin embargo, la indignada curiosidad de Sidi Fodil llegó a ser más patente que su afán de indiferencia y antes que transcurriera un minuto estaba otra vez clavando la mirada en el médico, que llevándose rápidamente el dedo pulgar a la nariz movió los otros cuatro con el apicarado gesto del "pito catalán".
Una ráfaga de ira envolvió en su torbellino la jactanciosa alma del jorobadito. Olvidó su comercio y también la exigua estatura de su cuerpo. Rechinando los dientes, se lanzó a través de la calle, y en aquel mismo momento un gran grito de horror se escapó de los labios de Piter. Un automóvil cargado de turistas acababa de arrollar bajo sus ruedas al infeliz mercader.
24 de enero de 2013
Aguafuerte con Arlt
El lunes 12 de enero de 1942, Roberto Arlt sale del edificio de Patentes de Invenciones con sentimientos encontrados. Piensa que ese papel que le acaban de dar en el registro y que lleva en la valija puede marcar el fin de las penurias económicas. Número 53075, el del formulario firmado por el comisario Curto, patente de invención de “un nuevo procedimiento industrial para producir una media de mujer cuyo punto no se corre en la malla”. Piensa que la que terminó ayer fue una semana dura, de corridas, de traspiés económicos que lo dejaron sin un cobre en los bolsillos. Ni siquiera pudo fajarse a cachetazos (los caminos del amor son insondables) con Elizabeth Mary Shine, esa morocha de mirada chispeante y mano tan colérica como la suya que hace poco se convirtió en su esposa. Quiere tener un hijo con Elizabeth, y Roberto sabe que ambos deberán dejar de lado esas trifulcas –por nada y por todo– a las que son tan afectos donde cuadre, así sea en plena calle. Mientras camina como un poseído por el centro rumbo a la estación de tren de Constitución estruja la carta que le acaba de escribir a su hija Mirta y que va a poner en el correo: “Elizabeth y yo, como siempre, lágrimas y sonrisas, besos y patadas. Como de costumbre, somos la piedra del escándalo de las honradas pensiones”. Roberto piensa que si tuviera que definirse para una de esas aguafuertes que ya no escribe más para el diario El Mundo, pondría “esgunfiado”. Y con todo el esgunfie sigue caminando, cabeza gacha, mirando las veredas rotas, comiéndose todo el calor del verano porteño (encima, para potenciar el esgunfie, de un lunes con el saco y la corbata infaltables, la camisa pegada a la espalda empapada).
Hace cuentas: 40 pesos para Mirta; 40 también para Carmen Antinucci, su primera esposa; otros 40 para su madre, Catalina Iopztraibizer, triestina de apellido tan endemoniado como el Arlt de su padre; 30 para la pensión de la calle Olazábal de donde están a punto de echarlo por sus escandalosas peleas. No, no hay guita que alcance. Su amigo Pascual Nacaratti, actor del Teatro del Pueblo, ya puso todo lo que podía poner para alquilar el laboratorio químico de Lanús. En la sociedad Arna (Arlt-Nacaratti), Roberto es el encargado de poner las ideas, desgranar fórmulas enloquecidas y enchastrar el techo cuando los tubos estallan por la presión a la que los somete cuando busca la forma de unir caucho y nylon. Piensa en la carta que acaba de enviarle a Mirta mientras sube al tren rumbo al laboratorio: “Te mando aquí un pedazo arrancado de una media tratada con mi procedimiento. Te darás cuenta que sacándole el brillo a la goma, el asunto es perfecto. Tendrán que usar mis medias en invierno. No hay disyuntivas. Esta media durará por lo menos un año. Su transparencia es notable. Querida Mirtita, tené la seguridad que esto pronto estará en marcha comercial”.
Arlt depositaba toda su confianza en un procedimiento para fabricar medias de mujer cuyo punto no se corría. Lo había registrado en 1934, pero no le había interesado a nadie, ni siquiera a él mismo que, por entonces, era el niño mimado del diario con sus aguafuertes y reunía algunos billetes más por las regalías de sus libros. Libros en los cuales parecía anticipar sus sueños de invención: por ejemplo con Silvio Astier patentando un cañón en El juguete rabioso; Erdosain rompiéndose los cuernos para realizar su alquimia de la rosa de cobre o dibujando los planos de una demencial tintorería para perros en Los siete locos.
En 1941, exactamente el 9 de diciembre, volvió a la carga. En tres carillas mecanografió la memoria descriptiva que en cinco etapas trataba de demostrar la certeza de la fabricación de las medias de mujer que no se corren. Tomó el subte en Chacarita para presentar las tres hojas en la Dirección de Patentes y Marcas del Ministerio de Agricultura. Y volvió a la pensión, como siempre, exultante pero sin poder ocultar una tristeza profunda, con las hojas ostentando el sello de recibidas. Esa misma tarde, al igual que todas las tardes, fue hasta el tallercito de Lanús. Allí, rodeado de un autoclave, un barómetro, una pierna de duraluminio, tachos, tubos y probetas, volvió a desoír los consejos de Pablo Mounier –el vendedor de caucho– para que abandonara esa idea. Esa tarde, mientras guardaba las páginas selladas en uno de los tantos cajones del escritorio manchado y quemado por cientos de fallidos, dejó de escuchar la voz de Elizabeth (sus reiterados reclamos matutinos, “claro, como terminás tus notas en veinte minutos, siempre te queda tiempo para tus locuras y vagabundeos”, y sus burlas nocturnas, “¿qué mujer se va a poner eso, si parece piel de pescado?”) y se enfrascó otra vez en su sueño.
Las páginas que guarda no tienen el tono inconfundible de sus narraciones. Roberto se había puesto como meta convencer, todo sic: “Hasta la fecha se ha tratado de evitar que la rotura de un hilo en la malla determine la destrucción de la media, mediante el empleo de productos gomoso-líquidos. Estos procedimientos no dan resultado, pues si las soluciones gomosas son demasiado espesas, alteran el aspecto estético de la media, y si estas soluciones son muy fluidas carecen de consistencia adhesiva para impedir el deslizamiento de un hilo cuando se rompe. El autor de esta solicitud ha resuelto dicho problema”. En contrapartida con sus ficciones, no convence a nadie. Así y todo, vuelve a experimentar, quizá como una manera de seguir la historia de Astier, de Erdosain, de cada uno de sus tantos personajes.
El 12 de enero de 1942, mientras apoya la cabeza contra la pared del vagón y deja que el viento –caliente, pero viento al fin– de Avellaneda y Gerli le pegue en la cara, Arlt cierra los ojos, recuerda y sueña. Sueña con el hijo que quiere tener con Elizabeth (Lito si es varón; Gema, que él pronuncia como Yema, si es mujer). Recuerda sus visitas a la penitenciaría de Las Heras, y sobre todo recuerda aquella en la que vio cómo fusilaban a Severino Di Giovanni. Sueña con todas las cosas que le comprará a su mujer cuando las medias triunfen en el mundo entero. Recuerda su boda en Pando, Uruguay, donde llegaron tomando un whisky tras otro, acodados con Elizabeth en la borda del Vapor de la Carrera. Recuerda al amigo García Quevedo que les salió de testigo, un español rojo como el demonio que dormía envuelto en la bandera tricolor de la República por si lo sorprendía la muerte. Sueña con su próximo viaje a Córdoba, donde están su madre y su hija. Recuerda los múltiples gritos en forma de consigna con los que se saluda con su amigo César Tiempo: “Cuidado con la tristeza”, “ganemos la batalla por prepotencia de trabajo”, “la solemnidad es la dicha de los imbéciles”, “asistimos al crepúsculo de la piedad en el peor de los mundos posibles”. Sueña con todos sus personajes mirando cómo trabaja, incansable, en el tallercito de Lanús. Sueña que lo aplauden ante las ventajas de su gran invento. Recuerda cómo le gusta dejar que se enfríe el desayuno que les trae a Elizabeth y a él la chica de la pensión cada mañana a las 9. Sueña con una frase que se le presenta una y otra vez para arrancar uno de esos artículos que escribe en 20 minutos para tener la tarde libre para vagabundear y darles tiempo a sus locuras: “Evidentemente, los hombres no eligen sus padres ni sus destinos”. Sueña y recuerda, Arlt, hasta que el tren para en la estación Lanús.
Cuando baja, mira de nuevo la patente de invención Nº 53075, y antes de enfilar hacia el tallercito, repite, con una media sonrisa de costado, canchera, pero triste, unas palabras que hace unos años le inventó a Erdosain: “Ideas me sobran. Ustedes van a salir de esta horrible miseria”.
Hace cuentas: 40 pesos para Mirta; 40 también para Carmen Antinucci, su primera esposa; otros 40 para su madre, Catalina Iopztraibizer, triestina de apellido tan endemoniado como el Arlt de su padre; 30 para la pensión de la calle Olazábal de donde están a punto de echarlo por sus escandalosas peleas. No, no hay guita que alcance. Su amigo Pascual Nacaratti, actor del Teatro del Pueblo, ya puso todo lo que podía poner para alquilar el laboratorio químico de Lanús. En la sociedad Arna (Arlt-Nacaratti), Roberto es el encargado de poner las ideas, desgranar fórmulas enloquecidas y enchastrar el techo cuando los tubos estallan por la presión a la que los somete cuando busca la forma de unir caucho y nylon. Piensa en la carta que acaba de enviarle a Mirta mientras sube al tren rumbo al laboratorio: “Te mando aquí un pedazo arrancado de una media tratada con mi procedimiento. Te darás cuenta que sacándole el brillo a la goma, el asunto es perfecto. Tendrán que usar mis medias en invierno. No hay disyuntivas. Esta media durará por lo menos un año. Su transparencia es notable. Querida Mirtita, tené la seguridad que esto pronto estará en marcha comercial”.
Arlt depositaba toda su confianza en un procedimiento para fabricar medias de mujer cuyo punto no se corría. Lo había registrado en 1934, pero no le había interesado a nadie, ni siquiera a él mismo que, por entonces, era el niño mimado del diario con sus aguafuertes y reunía algunos billetes más por las regalías de sus libros. Libros en los cuales parecía anticipar sus sueños de invención: por ejemplo con Silvio Astier patentando un cañón en El juguete rabioso; Erdosain rompiéndose los cuernos para realizar su alquimia de la rosa de cobre o dibujando los planos de una demencial tintorería para perros en Los siete locos.
En 1941, exactamente el 9 de diciembre, volvió a la carga. En tres carillas mecanografió la memoria descriptiva que en cinco etapas trataba de demostrar la certeza de la fabricación de las medias de mujer que no se corren. Tomó el subte en Chacarita para presentar las tres hojas en la Dirección de Patentes y Marcas del Ministerio de Agricultura. Y volvió a la pensión, como siempre, exultante pero sin poder ocultar una tristeza profunda, con las hojas ostentando el sello de recibidas. Esa misma tarde, al igual que todas las tardes, fue hasta el tallercito de Lanús. Allí, rodeado de un autoclave, un barómetro, una pierna de duraluminio, tachos, tubos y probetas, volvió a desoír los consejos de Pablo Mounier –el vendedor de caucho– para que abandonara esa idea. Esa tarde, mientras guardaba las páginas selladas en uno de los tantos cajones del escritorio manchado y quemado por cientos de fallidos, dejó de escuchar la voz de Elizabeth (sus reiterados reclamos matutinos, “claro, como terminás tus notas en veinte minutos, siempre te queda tiempo para tus locuras y vagabundeos”, y sus burlas nocturnas, “¿qué mujer se va a poner eso, si parece piel de pescado?”) y se enfrascó otra vez en su sueño.
Las páginas que guarda no tienen el tono inconfundible de sus narraciones. Roberto se había puesto como meta convencer, todo sic: “Hasta la fecha se ha tratado de evitar que la rotura de un hilo en la malla determine la destrucción de la media, mediante el empleo de productos gomoso-líquidos. Estos procedimientos no dan resultado, pues si las soluciones gomosas son demasiado espesas, alteran el aspecto estético de la media, y si estas soluciones son muy fluidas carecen de consistencia adhesiva para impedir el deslizamiento de un hilo cuando se rompe. El autor de esta solicitud ha resuelto dicho problema”. En contrapartida con sus ficciones, no convence a nadie. Así y todo, vuelve a experimentar, quizá como una manera de seguir la historia de Astier, de Erdosain, de cada uno de sus tantos personajes.
El 12 de enero de 1942, mientras apoya la cabeza contra la pared del vagón y deja que el viento –caliente, pero viento al fin– de Avellaneda y Gerli le pegue en la cara, Arlt cierra los ojos, recuerda y sueña. Sueña con el hijo que quiere tener con Elizabeth (Lito si es varón; Gema, que él pronuncia como Yema, si es mujer). Recuerda sus visitas a la penitenciaría de Las Heras, y sobre todo recuerda aquella en la que vio cómo fusilaban a Severino Di Giovanni. Sueña con todas las cosas que le comprará a su mujer cuando las medias triunfen en el mundo entero. Recuerda su boda en Pando, Uruguay, donde llegaron tomando un whisky tras otro, acodados con Elizabeth en la borda del Vapor de la Carrera. Recuerda al amigo García Quevedo que les salió de testigo, un español rojo como el demonio que dormía envuelto en la bandera tricolor de la República por si lo sorprendía la muerte. Sueña con su próximo viaje a Córdoba, donde están su madre y su hija. Recuerda los múltiples gritos en forma de consigna con los que se saluda con su amigo César Tiempo: “Cuidado con la tristeza”, “ganemos la batalla por prepotencia de trabajo”, “la solemnidad es la dicha de los imbéciles”, “asistimos al crepúsculo de la piedad en el peor de los mundos posibles”. Sueña con todos sus personajes mirando cómo trabaja, incansable, en el tallercito de Lanús. Sueña que lo aplauden ante las ventajas de su gran invento. Recuerda cómo le gusta dejar que se enfríe el desayuno que les trae a Elizabeth y a él la chica de la pensión cada mañana a las 9. Sueña con una frase que se le presenta una y otra vez para arrancar uno de esos artículos que escribe en 20 minutos para tener la tarde libre para vagabundear y darles tiempo a sus locuras: “Evidentemente, los hombres no eligen sus padres ni sus destinos”. Sueña y recuerda, Arlt, hasta que el tren para en la estación Lanús.
Cuando baja, mira de nuevo la patente de invención Nº 53075, y antes de enfilar hacia el tallercito, repite, con una media sonrisa de costado, canchera, pero triste, unas palabras que hace unos años le inventó a Erdosain: “Ideas me sobran. Ustedes van a salir de esta horrible miseria”.
*De Miradas al sur Año 3. Edición número 138. Domingo 09 de enero de 2011
Por
Miguel Russo17 de enero de 2013
La terrible sinceridad
Me escribe un lector: "Le ruego me conteste, muy seriamente, de qué forma debe uno vivir para ser feliz".
Estimado señor: Si yo pudiera contestarle, seria o humorísticamente, de qué modo debe vivirse para ser feliz, en vez de estar pergueñando notas, sería, quizá, el hombre más rico de la tierra, vendiendo, únicamente a diez centavos, la fórmula para vivir dichoso. Ya ve qué disparate me pregunta.
Creo que hay una forma de vivir en relación con los semejantes y consigo mismo, que si no concede la felicidad, le proporciona al individuo que la practica una especie de poder mágico de dominio sobre sus semejantes: es la sinceridad.
Ser sincero con todos , y más todavía consigo mismo, aunque se perjudique. Aunque se rompa el alma contra el obstáculo. Aunque se quede sólo, aislado y sangrando. Esta no es una fórmula para vivir feliz; creo que no pero sí lo es para tener fuerzas y examinar el contenido de la vida, cuyas apariencias nos marean y engañan de continuo.
No mire lo que hacen los demás. No se le importe un pepino de lo que opine el prójimo. Sea usted, usted mismo sobre todas las cosas, sobre el bien y el mal, sobre el placer y sobre el dolor, sobre la vida y la muerte. Usted y usted. Nada más. Y será fuerte como un demonio entonces. Fuerte a pesar de todos y contra todos. No importe que la pena lo haga dar de cabeza contra la pared. Interróguese siempre, en el peor minuto de su vida, lo siguiente:
-¿Soy sincero conmigo mismo?
Y si el corazón le dice que sí, y tiene que tirarse a un pozo, tírese con confianza. Siendo sincero no se va a matar. Esté segurísimo de eso. No se va a matar, porque no se puede matar. La vida, la misteriosa vida que rige nuestra existencia, impedirá que usted se mate tirándose al pozo. La vida, providencialmente, colocará, un metro antes de que usted llegue al fondo, un clavo donde se engancharán sus ropas, y ... usted se salvará.
Me dirá usted: "¿Y si los otros no comprenden que soy sincero?" ¡Qué se le importa a usted de los otros! La tierra y la vida tienen tantos caminos con alturas distintas, que nadie puede ver a más distancia de la que dan sus ojos. Aunque se suba a una montaña, no verá un centímetro más lejos de lo que le permita su vista. Pero, escúcheme bien: el día que los que lo rodean se den cuenta de que usted va por un camino no trillado, pero que marcha guiado por la sinceridad, ese día lo mirarán con asombro, luego con curiosidad. Y ese día en que usted, con la fuerza de su sinceridad, les demuestre cuántos poderes tiene entre sus manos, ese día serán sus esclavos espiritualmente, créalo.
Me dirá usted: "¿Y si me equivoco?". No tiene importancia. Uno se equivoca cuando tiene que equivocarse. Ni un minuto antes ni un minuto después. ¿Por qué? Porque así lo ha dispuesto la vida, que es esa fuerza misteriosa. Si usted se ha equivocado sinceramente, lo perdonarán. O no lo perdonarán. Interesa poco. Usted sigue su camino. Contra viento y marea. Contra todos, si es necesario ir contra todos. Y créame llegará un momento en que usted se sentirá más fuerte, que la vida y la muerte se convertirán en dos juguetes entre sus manos. Así, como suena. Vida. Muerte. Usted va a mirar esa taba que tiene tal reverso, y de una patada la va a tirar lejos de usted. ¿Qué se le importan los nombres, si usted, con su fuerza, está más allá de los nombres?
La sinceridad tiene un doble fondo curioso. No modifica la naturaleza intrínseca del que la practica, y sí le concede una especie de doble vista, sensibilidad curiosa, y que le permite percibir la mentira, y no sólo la mentira, sino los sentimientos del que está a su lado.
Hay una frase de Goethe, respecto de este estado, que vale un Perú. Dice:
"Tú que me has metido en este dédalo, tú me sacarás de él"
Es lo que anteriormente le decía.
La sinceridad provoca en el que la practica lealmente, una serie de fuerzas violentas. estas fuerzas sólo se muestran cuando tiene que producirse eso de: "Tú que me has metido en este dédalo, tú me sacarás". Y si usted es sincero, va a percibir la voz de estas fuerzas. Ellas lo arrastrarán, quizá, a ejecutar actos absurdos. No importa. Usted los realiza. ¿Que se quedará sangrando? ¡Y es claro! Todo cuesta en esta tierra. La vida no regala nada, absolutamente. Todo hay que comprarlo con libras de carne y sangre.
Y de pronto, descubrirá algo que no es la felicidad, sino un equivalente a ella. La emoción. La terrible emoción de jugarse la piel y la felicidad. No en el naipe, sino convirtiéndose usted en una especie de emocionado naipe humano que busca la felicidad, desesperadamente, mediante las combinaciones más extraordinarias, más inesperadas. ¿O qué se cree usted? ¿Que es uno de esos multimillonarios norteamericanos, ayer vendedores de diarios, más tarde carboneros, luego dueños de circo, y sucesivamente periodistas, vendedores de automóviles, hasta que un golpe de fortuna los sitúa en el lugar en que inevitablemente debía estar?
Esos hombres se convirtieron en multimillonarios porque querían ser eso. Con eso sabían que realizaban la felicidad de su vida. Pero piense usted en todo lo que se jugaron para ser felices. Y mientras no se producía lo efectivo, la emoción, que derivaba de cada jugada, los hacía más fuertes. ¿Se da cuenta?
Vea amigo: hágase una base de sinceridad, y sobre esa cuerda floja o tensa, cruce el abismo de la vida, con su verdad en la mano, y va a triunfar. No hay nadie, absolutamente nadie, que pueda hacerlo caer. Y hasta los que hoy le tiran piedras, se acercarán mañana a usted para sonreírle tímidamente. Créalo, amigo: un hombre sincero es tan fuerte que sólo él puede reírse y apiadarse de todo.
Estimado señor: Si yo pudiera contestarle, seria o humorísticamente, de qué modo debe vivirse para ser feliz, en vez de estar pergueñando notas, sería, quizá, el hombre más rico de la tierra, vendiendo, únicamente a diez centavos, la fórmula para vivir dichoso. Ya ve qué disparate me pregunta.
Creo que hay una forma de vivir en relación con los semejantes y consigo mismo, que si no concede la felicidad, le proporciona al individuo que la practica una especie de poder mágico de dominio sobre sus semejantes: es la sinceridad.
Ser sincero con todos , y más todavía consigo mismo, aunque se perjudique. Aunque se rompa el alma contra el obstáculo. Aunque se quede sólo, aislado y sangrando. Esta no es una fórmula para vivir feliz; creo que no pero sí lo es para tener fuerzas y examinar el contenido de la vida, cuyas apariencias nos marean y engañan de continuo.
No mire lo que hacen los demás. No se le importe un pepino de lo que opine el prójimo. Sea usted, usted mismo sobre todas las cosas, sobre el bien y el mal, sobre el placer y sobre el dolor, sobre la vida y la muerte. Usted y usted. Nada más. Y será fuerte como un demonio entonces. Fuerte a pesar de todos y contra todos. No importe que la pena lo haga dar de cabeza contra la pared. Interróguese siempre, en el peor minuto de su vida, lo siguiente:
-¿Soy sincero conmigo mismo?
Y si el corazón le dice que sí, y tiene que tirarse a un pozo, tírese con confianza. Siendo sincero no se va a matar. Esté segurísimo de eso. No se va a matar, porque no se puede matar. La vida, la misteriosa vida que rige nuestra existencia, impedirá que usted se mate tirándose al pozo. La vida, providencialmente, colocará, un metro antes de que usted llegue al fondo, un clavo donde se engancharán sus ropas, y ... usted se salvará.
Me dirá usted: "¿Y si los otros no comprenden que soy sincero?" ¡Qué se le importa a usted de los otros! La tierra y la vida tienen tantos caminos con alturas distintas, que nadie puede ver a más distancia de la que dan sus ojos. Aunque se suba a una montaña, no verá un centímetro más lejos de lo que le permita su vista. Pero, escúcheme bien: el día que los que lo rodean se den cuenta de que usted va por un camino no trillado, pero que marcha guiado por la sinceridad, ese día lo mirarán con asombro, luego con curiosidad. Y ese día en que usted, con la fuerza de su sinceridad, les demuestre cuántos poderes tiene entre sus manos, ese día serán sus esclavos espiritualmente, créalo.
Me dirá usted: "¿Y si me equivoco?". No tiene importancia. Uno se equivoca cuando tiene que equivocarse. Ni un minuto antes ni un minuto después. ¿Por qué? Porque así lo ha dispuesto la vida, que es esa fuerza misteriosa. Si usted se ha equivocado sinceramente, lo perdonarán. O no lo perdonarán. Interesa poco. Usted sigue su camino. Contra viento y marea. Contra todos, si es necesario ir contra todos. Y créame llegará un momento en que usted se sentirá más fuerte, que la vida y la muerte se convertirán en dos juguetes entre sus manos. Así, como suena. Vida. Muerte. Usted va a mirar esa taba que tiene tal reverso, y de una patada la va a tirar lejos de usted. ¿Qué se le importan los nombres, si usted, con su fuerza, está más allá de los nombres?
La sinceridad tiene un doble fondo curioso. No modifica la naturaleza intrínseca del que la practica, y sí le concede una especie de doble vista, sensibilidad curiosa, y que le permite percibir la mentira, y no sólo la mentira, sino los sentimientos del que está a su lado.
Hay una frase de Goethe, respecto de este estado, que vale un Perú. Dice:
"Tú que me has metido en este dédalo, tú me sacarás de él"
Es lo que anteriormente le decía.
La sinceridad provoca en el que la practica lealmente, una serie de fuerzas violentas. estas fuerzas sólo se muestran cuando tiene que producirse eso de: "Tú que me has metido en este dédalo, tú me sacarás". Y si usted es sincero, va a percibir la voz de estas fuerzas. Ellas lo arrastrarán, quizá, a ejecutar actos absurdos. No importa. Usted los realiza. ¿Que se quedará sangrando? ¡Y es claro! Todo cuesta en esta tierra. La vida no regala nada, absolutamente. Todo hay que comprarlo con libras de carne y sangre.
Y de pronto, descubrirá algo que no es la felicidad, sino un equivalente a ella. La emoción. La terrible emoción de jugarse la piel y la felicidad. No en el naipe, sino convirtiéndose usted en una especie de emocionado naipe humano que busca la felicidad, desesperadamente, mediante las combinaciones más extraordinarias, más inesperadas. ¿O qué se cree usted? ¿Que es uno de esos multimillonarios norteamericanos, ayer vendedores de diarios, más tarde carboneros, luego dueños de circo, y sucesivamente periodistas, vendedores de automóviles, hasta que un golpe de fortuna los sitúa en el lugar en que inevitablemente debía estar?
Esos hombres se convirtieron en multimillonarios porque querían ser eso. Con eso sabían que realizaban la felicidad de su vida. Pero piense usted en todo lo que se jugaron para ser felices. Y mientras no se producía lo efectivo, la emoción, que derivaba de cada jugada, los hacía más fuertes. ¿Se da cuenta?
Vea amigo: hágase una base de sinceridad, y sobre esa cuerda floja o tensa, cruce el abismo de la vida, con su verdad en la mano, y va a triunfar. No hay nadie, absolutamente nadie, que pueda hacerlo caer. Y hasta los que hoy le tiran piedras, se acercarán mañana a usted para sonreírle tímidamente. Créalo, amigo: un hombre sincero es tan fuerte que sólo él puede reírse y apiadarse de todo.
10 de enero de 2013
El 2013 es arltiano
LITERATURA › LA OBRA DE ROBERTO ARLT PASÓ A SER DE DOMINIO PÚBLICO
Aguafuertes para celebrar
Ya cumplidos los setenta años de la muerte del autor, ahora cualquiera puede publicar o compartir sus textos sin pagar derechos. Y como para certificar que 2013 será arltiano, por primera vez serán compiladas sus Aguafuertes cariocas.
Por Silvina Friera
En el mar revuelto de la memoria, la afinidad de los recuerdos funda un nuevo orden alfabético con los apellidos de los escritores que vuelven bajo la confortable oleada del dominio público. Tarde o temprano, el tiempo ofrece la chance de reconstituir los puentes que el olvido, la omisión o el ninguneo intentaron borrar o quebrar. La mirada del flâneur –la de miles de lectores que como topógrafos se entregan a la dicha de transitar y descifrar cientos de páginas como si estuvieran en sus casas– tiene motivos para celebrar el inicio de la temporada. “Comienzo por declarar que creo que para vagabundear se necesitan excepcionales condiciones de soñador. Ya lo dijo el ilustre Macedonio Fernández: ‘No toda es vigilia la de los ojos abiertos’”, se lee en una de las Aguafuertes porteñas. “Ante todo, para vagabundear hay que estar por completo despojado de prejuicios, y luego ser un poquitín escéptico, escéptico como esos perros que tienen mirada de hambre, y que cuando los llaman menean la cola, pero en vez de acercarse se alejan, poniendo entre su cuerpo y la humanidad una considerable distancia.” Después de transcurridos setenta años de la muerte de Roberto Arlt (1942), todas sus obras podrán ser reproducidas sin que medie restricción o derecho de autor alguno. Este será un año arltiano en el que se augura un gran batacazo: la publicación por primera vez de cuarenta crónicas cariocas, nunca antes reunidas en un libro, que el autor de Los siete locos escribió a principios de la década del ’30 del siglo pasado en Río de Janeiro.
La trama se repite. El tiempo de la espera concluye. Aunque los nombres cambien. Los Reyes Magos dejan por anticipado sus regalitos en los zapatos de los lectores. Arlt no es el único “caso” para celebrar. El listado de obras que ingresan al dominio público incluye a varios narradores y poetas: Miguel Hernández (España), Robert Musil (Austria), Irène Némirovski (Rusia), Bruno Schulz (Polonia), Stefan Zweig (Austria), Porfirio Barba Jacob (Colombia), José María Eguren (Perú) y Jorge Cuesta (México), entre otros. Todos los primeros de enero varias obras empiezan a formar parte de este “shock póstumo” de tiempo ilimitado que permite que una constelación textual esté disponible sin pagar derechos. La propiedad intelectual en Argentina –como en los países miembros de la Unión Europea, Brasil, Israel y Rusia, entre otros– tiene vigencia por setenta años a partir del primero de enero del año siguiente a la muerte del autor, según dispone el artículo quinto de la ley 11.723. El año pasado ingresó a esta categoría la obra de Virginia Woolf. Varias editoriales argentinas como La Bestia Equilátera y Cuenco de Plata aprovecharon la ocasión para poner en circulación La muerte de la polilla y otros ensayos, Freshwater, única pieza teatral de escritora inglesa; Flush y Un cuarto propio, entre otros títulos. En 2008, la obra de Horacio Quiroga, uno de los mayores cuentistas del Río de la Plata, entró en esta suerte de paraíso en la tierra para editores y lectores.
Las bondades del dominio público, enhorabuena, pueden ser capitalizadas por lectores y usuarios que quieran subir y compartir, nuevas tecnologías mediante, Los siete locos, El juguete rabioso, Los lanzallamas o El amor brujo, por citar algunos títulos de Arlt que ya están callejeando por el amplio espacio virtual, circulando de pantalla en pantalla, a tan sólo un click de distancia para descargar. Los devotos del libro impreso, aquellos que observan los e-books aún con ciertas prevenciones, tendrán su revancha en papel. Entre las novedades editoriales del año, no podía faltar un auténtico Arlt inédito: cuarenta crónicas nunca antes reunidas en un libro, fechadas entre el 2 de abril y el 29 de mayo de 1930. Adriana Hidalgo publicará Aguafuertes cariocas, compilado y prologado por Gustavo Pacheco. Después del impacto que tuvieron las Aguafuertes porteñas que publicaba cotidianamente en El Mundo, Carlos Muzio Sáenz Peña, el director del diario, le ofreció al escritor la oportunidad de viajar por América del Sur para escribir notas de viaje. En abril de 1930 llegó a Río de Janeiro, donde permaneció durante dos meses. Las crónicas que escribió desde esa ciudad nunca fueron publicadas antes, con excepción de tres textos: “¿Para qué?”, “Pobre brasilerita” y “Espérenme, que llegaré en aeroplano”.
En el estudio introductorio de las Aguafuertes cariocas, maravilla que el lector pronto tendrá entre sus manos, Pacheco afirma que es sorprendente que no hayan sido reunidas hasta ahora y que sean prácticamente desconocidas. “Tanto desde el punto de vista literario, como desde la perspectiva histórica o sociológica, los textos escritos por Arlt en Río de Janeiro están a la altura de lo mejor de su producción periodística. Por tratarse de las primeras crónicas que escribió fuera del país, las aguafuertes cariocas funcionan también como laboratorio para las notas de viaje que escribió después, a lo largo de su carrera”. Pacheco encuentra en estos textos “un retrato muy franco y personal” del Brasil de la década del ’30, además de un “cambio gradual en las impresiones de Arlt” a lo largo de su estadía brasileña. “Las primeras notas, que enaltecen a Río y a sus habitantes, dan lugar a textos cada vez más críticos y cáusticos, en los cuales Buenos Aires y la sociedad argentina aparecen como el contrapunto moderno y civilizado respecto del atraso en que se encontraban Brasil y su capital de entonces. Se revela así un Arlt muy diferente del narrador cínico y pesimista de la realidad porteña; un Arlt, como él mismo dice, ‘argentinófilo’, orgulloso de su ciudad natal, y que advierte que ‘es necesario haber vivido en Buenos Aires y después salir de ella para saber lo que vale nuestra ciudad’. Arlt escribe lo que quiere y como quiere, incluyendo opiniones abiertamente prejuiciosas, racistas y sexistas”, plantea Pacheco. Bienvenidas sean, entonces, las parrafadas políticamente incorrectas de un autor crucial que todavía puede ensayar distintas variantes en el peliagudo arte de incomodar.
*De Página 12
7 de enero de 2013
Ester Primavera
¡Ester
Primavera!
Su nombre acumula pasado en mis ojos. Mis sobresaltos rojos palidecen en sucesivas bellezas de recuerdo. Nombrarla es recibir de golpe una ráfaga de viento caliente en mis mejillas frías.
Estirado en la reposera, cubierto hasta el mentón con una manta oscura, pienso de continuo en ella. Hace setecientos días que pienso a toda hora en Ester Primavera. La única persona que he ofendido atrozmente. No, esa no es la palabra. No la he ofendido, hice algo peor aún, arranqué de cuajo en ella toda la esperanza de la bondad terrestre. No podrá tener nunca más una ilusión, tan groseramente le he retorcido el alma. Y esa infamia dilata en mi sangre una tristeza deliciosa. Ahora sé que podré morir. Nunca creí que el remordimiento adquiriera profundidades tan sabrosas.
Su nombre acumula pasado en mis ojos. Mis sobresaltos rojos palidecen en sucesivas bellezas de recuerdo. Nombrarla es recibir de golpe una ráfaga de viento caliente en mis mejillas frías.
Estirado en la reposera, cubierto hasta el mentón con una manta oscura, pienso de continuo en ella. Hace setecientos días que pienso a toda hora en Ester Primavera. La única persona que he ofendido atrozmente. No, esa no es la palabra. No la he ofendido, hice algo peor aún, arranqué de cuajo en ella toda la esperanza de la bondad terrestre. No podrá tener nunca más una ilusión, tan groseramente le he retorcido el alma. Y esa infamia dilata en mi sangre una tristeza deliciosa. Ahora sé que podré morir. Nunca creí que el remordimiento adquiriera profundidades tan sabrosas.
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