Usted ha entrado con toda naturalidad a una confitería, y ha
encargado su pan dulce, su turrón y su vino, con la serenidad de un hombre que
cumple los ritos familiares que consagran las fiestas de fin de año. Usted ha
entrado con toda naturalidad; pero ¿me permite? Le voy a reproducir un diálogo,
el terrible diálogo del pan dulce que estalla hoy en muchas casas.
Protagonistas: un hombre y una mujer. Hombre flaco, mujer
flaca. La mujer puede estar inclinada sobre una batea o secando platos en una
cocina. El hombre podrá estar arrancándose los pelos de la barba con una "Gillette"
consuetudinaria, en mangas de camisa y con la mitad de la barba afeitada y la
otra mitad con barba de cinco días, escondida en la espuma de jabón.
El diálogo patético
La mujer: ¿Sabés? Habría que comprar pan dulce. Nunca hemos
pasado una Navidad sin pan dulce.
El hombre: Cierto. Ni el año que me rompí la pierna.
La mujer: Ni el otro año en que estuviste enfermo de
apendicitis.
El hombre: Ni aquel año, ¿te acordás?, en que se murió el
nene.
La mujer: Ni tampoco aquel en que vos perdiste el empleo.
El hombre: Sí, pero teníamos ahorros.
Silencio. La mujer coloca los platos en un estante.
El hombre se enjabona la otra mitad de la cara, donde se ha
coagulado la espuma del jabón amarillo. La mujer suspira; se mira los brazos un
momento, luego:
La mujer: Habría que comprar pan dulce. Será muy triste
para los nenes. Los chicos de todos los vecinos salen a la puerta con un pedazo
en la mano. Y vos sabés cómo son los chicos; aunque no quieran, miran con
ganas.
El hombre (pensativo): Cierto, miran con ganas.
La mujer: Y vos sabés cómo son los chicos..., sufren y no
dicen nada...
El hombre: Es así..., pero, no hay
plata..., no hay, m’ija. Maldita navaja! No corta...
La mujer (patética, sentándose en la orilla de una silla):
Esta miseria... (El hombre vuelve bruscamente la cabeza) no te lo digo porque
vos tengás la culpa... no...
El hombre (dejando la maquinita de afeitar en el quicio de
la ventana): No tengo un cobre, m’ija. Fui a pie al centro. Estoy fumando
puchos viejos. Maldito gobierno.
La mujer: ¿Y Jua, no te puede prestar?
El hombre: Le he pedido mucho.
La mujer. ¿Y no hay nada que empeñar? (como hablando sola):
¿Por qué será esta vida así? Habría que comprar aunque fuera medio kilo de pan
dulce. ¿Sabés? El pan dulce... yo no sé...Vos ves el pan dulce, y la fiesta
parece menos triste. ¿Me entendés?
El hombre: Sí, sí, ya sé.
La mujer. Hasta las sirvientas, ¿quién?...hasta el más
pobre hoy tiene pan dulce en la casa. Hoy, a mediodía, lo vi pasar a Don Pedro
con su paquete. Todos pasan con un paquete... (la mujer cansada y triste,
cierra los ojos evocando paisajes idos. Apoya el mentón en la palma de la mano,
el codo en la rodilla, y en la frente se ahonda una arruga)
El hombre: ¿Y cuánto cuesta el kilo?
La mujer: Dos cincuenta. Medio kilo sería… uno y
veinticinco.
La mujer: Hay que comprarlo. Los chicos no pueden quedarse
mirando cómo comen los otros, ¿sabés? (Una voluntad sorda endereza la espalda
de la mujer al pensar en los hijos. Mira con energía al hombre, en ese momento
es casi su enemiga. En cambio, el hombre se abolla más en su impotencia
egoísta. Pero mira a la mujer y la siente grande, grande a pesar de su fealdad,
de sus brazos flacos, de su cara arrugada. La mujer, a su vez, piensa: "Y
éste es el hombre, ¡cuando el hombre y la mujer somos nosotras! El hombre es
otra cosa sin nombre.")
El hombre: Sí, hay que comprar el pan dulce. Un peso y
veinticinco. A ver...
La mujer (dulcificada). Tenés ese traje que está un poco
arruinado.
El hombre (tratando de salvar el traje): También hay un
triciclo del pibe, que ya no lo usa casi...
La mujer: No, el triciclo no. Además, si vendés el traje...
El hombre: Cierto, se puede comprar, además, un poco de
turrón. (Piensa: "Al fin y al cabo, también me compraré una caja de
cigarrillos. No es mal negocio." Entusiasmado): Sí, hay que comprar el pan
dulce. Váyase al diablo el traje. Los chicos...
La mujer: Te darán quince pesos por el traje...
El hombre (pensando en la caja de cigarrillos). Aunque me
den diez, lo largo...
La mujer: No. Pedí doce cincuenta, lo último. Y te comprás
un kilo.
El hombre (súbitamente avergonzado de su egoísmo): ¿Y vos?,
¿no querés nada?
La mujer (sonriendo con sonrisa cansada). No, m’ijo. No
quiero nada. Ah! Comprate cigarrillos.
Silencio
Luego los dos fantasmas se han quedado en silencio.
Cada uno con los pensamientos por su lado. La mujer en su
pasado; el hombre, en su futuro. La mujer, en lo que debe hacerse; el hombre en
lo que puede hacer para él. Una generosidad y un egoísmo, siempre clavados de
frente, siempre forcejeando en lo oscuro de su conciencia.
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El pan dulce del cesante |
Diálogo de muchas
casas
Juro que en muchas casas ha reventado hoy este diálogo de
penuria y de angustia; que muchas mujeres flacas han pronunciado estas palabras
que he escrito, y que muchos hombres han inclinado la cabeza con el alma
arañada por esta miseria de un peso y veinticinco que cuesta medio kilo de pan
dulce.